Adam Aronovich

Mtro. en Antropología Médica y Salud Global

Leer Bio

¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos?
Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón.Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad.

-Eduardo Galeano, Celebración de las bodas de la razón y el corazón (1989).

El sentipensamiento es un término recogido de la sabiduría popular del caribe colombiano por el sociólogo Orlando Fals Borda y después popularizado por el escritor Uruguayo Eduardo Galeano. Sentipensar es pensar con el corazón, con los sentimientos. Co-razonar, como dicen en su lengua los maya tseltsales de Chiapas. El término ha sido desarrollado por el antropólogo colombiano Arturo Escobar, quien contrasta el sentípensamiento con el pensamiento abstracto basado en la racionalidad cartesiana, el cual ha marginado e invisibilizado otras fuentes de conocimiento: por ejemplo, aquellas basadas en experiencias somáticas, emocionales e intuitivas, o experiencias espirituales, místicas u oníricas. Para Escobar, como para mucho de nosotros que hemos trabajado y experimentado con plantas maestras, este tipo de experiencias ofrecen, a veces, formas más directas de acercarse a la realidad: transcienden la mediación de la reflexión abstracta.

“Elegimos enseñar lo que más necesitamos aprender” escribe el escritor Richard Bach. Lo mismo es cierto de lo que queremos investigar, y de las metodologías que elegimos utilizar. Para mí, la etnografía es un vehículo de autoconocimiento, y la entrevista es una oportunidad de conectar íntimamente con alguien más. Creo que cualquier proyecto de investigación es inherentemente autoetnográfico, e incluso biográfico.

Llegue hace 18 meses a la amazonia peruana para vivir, trabajar e investigar en el Temple of the Way of Light, un centro de sanación cerca de la ciudad de Iquitos. Los talleres y retiros que ahí se ofrecen enfatizan la ayahuasca, en el contexto del sistema medico Shipibo, como un vehículo de sanación y transformación personal. En colaboración con ICEERS y la Beckley Foundation, estamos llevando a cabo un estudio observacional a largo plazo, examinando los potenciales terapéuticos de la ayahuasca para tratar experiencias de ansiedad, depresión, trauma y duelo, más un grupo de bienestar general.

Los resultados de estudio cuantitativo están siendo muy promisores, y en los últimos meses hemos estado llevando a cabo entrevistas para un estudio cualitativo.  El siguiente parágrafo es un fragmento parafraseado de una de estas entrevistas. Siento que ilustra un tema central que surge de muchas de estas narrativas, y en el que se enfoca este articulo: la “sanación” como un proceso de reconfiguración onto-epistemológica, es decir, un proceso de reconocimiento y reconexión de todas las dimensiones del ser que se han separado, fragmentado u olvidado. El resurgimiento del Sentipensamiento como una manera de saber y de ser en el mundo.

“Me di cuenta de que tengo una tendencia a estar mucho dentro de mi cabeza”, me dijo. “Mi mente siempre está corriendo, siempre pensando en algo. Es agotador. Durante mi experiencia con la ayahuasca, hubo un momento en el que noté que mi mente se había detenido” “¿Cómo se sintió eso?”, Le pregunté. “¡Oh, fue maravilloso! Lo primero que noté fue que mi ansiedad había desaparecido. Me sentí en paz y muy feliz. La segunda cosa que noté, fue a mi cuerpo. Pude sentirme dentro de él y sentirme cómoda en ese espacio. Me di cuenta de lo desconectada que estaba de mi cuerpo, viviendo tanto dentro de mi cabeza … beber ayahuasca me ha recordado la importancia de conectar mi mente con mi corazón”.

“Durante esta ceremonia”, continuó en una parte posterior de la entrevista, “También pensé mucho sobre los pueblos indígenas, y sobre la pérdida de su cultura y la destrucción de su tierra… Estaba muy triste, pero también me inspiró a estar más involucrada en estos temas … Sali con un fuerte sentimiento de no estar separados el uno del otro, de no estar separada de nuestra tierra… estos son problemas que nos afectan a todos, de maneras muy tangibles”.

Al contrario de muchas de las personas que entrevisto, yo no llegue inicialmente al centro buscando “sanación”. Sin embargo, vivir y trabajar ahí implica un tipo de observación participante en la que más temprano que tarde, la confrontación con uno mismo es inevitable. La ayahuasca y la compleja vida social en el centro aseguraron que mis propias desconexiones, enajenaciones, neurosis y ansiedades salieran a la luz magnificadas, la mayoría de las que no era –y probablemente todavía no soy– consciente. El ir descubriendo en mi mismo muchas de las experiencias, patrones y inquietudes de las personas que viene a “sanar” y a “curarse”, me ha obligado a seguir preguntando, constantemente: “¿Que es la salud y que significa el estar sano?”

Según la Organización Mundial de la Salud, la salud es “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Además de la inclusión de las dimensiones psicológicas y sociales del bienestar, la Organización Panamericana de la Salud incluye también la dimensión ecológica: la salud depende en parte del medio ambiente que rodea a la persona.

El término “salud”, provienen del étimo protoindoeuropeo siH-u: “entero”, y la palabra “sanar” del vocablo seh-no: “atar, amarrar, unir”. Estos últimos términos están relacionados con el sánscrito सर्व (sárva), el persa antiguo haruva, y el griego antiguo ὅλος (hólos)los tres se traducen como “entero”. En ingles, las palabras health y heal (salud y sanar) están etimológicamente relacionadas con la palabra whole: “entero”. Los tres términos derivan del proto-Germanico hailjan: literalmente, “hacer que algo sea entero”.

Del griego holos tenemos el término “holístico”. En la actualidad, nos referimos a la “salud holística” para designar conceptos o tratamientos de salud, generalmente “alternativos”, por el simple hecho de rebasar lo puramente biomédico, es decir, lo hegemónico.  La idea de “salud holística” es una redundancia lingüística, aunque la distinción es necesaria contrastada a la hegemonía de la biomedicina, y su concepción reductivista y fragmentada de la salud.

Si hablamos de ansiedad o depresión, es importante reconocer la importancia puntual de algunos psicofarmacéuticos, y también los factores de riesgo genéticos o neurológicos, como  la creciente evidencia que apunta a cambios estructurales en los cerebros de niños y jóvenes que sufren eventos traumáticos. Sin embargo, la psiquiatría biológica tiende a invisibilizar muchos de los factores sociopolíticos, culturales y medioambientales que afectan nuestro bienestar. Además de eventos biográficos, muchas experiencias de sufrimiento mental o emocional son originadas o exacerbadas por los estilos de vida impuestos por el capitalismo tardío y la violencia estructural que lo sustenta a través de ideologías y prácticas como el patriarcado, el individualismo extremo o el hiper consumismo. La adaptación a ciertas normas sociales y culturales de la modernidad implica siempre cierto nivel de enajenación y desconexión.

Regreso a lo autoetnográfico: desde hace poco me encuentro viviendo con una presión en el pecho y en la boca del estómago, la mandíbula constantemente tensa. Es una sensación principalmente somática pero también psicológica y emocional, a veces sutil y a veces debilitante. Se que algunos la etiquetarían como algún trastorno de “ansiedad”. Con la ayuda de la ayahuasca y los curanderos Shipibo, he ido identificando y nombrando estas sensaciones en mi cuerpo, algo que hasta hace poco no era capaz de hacer. Mi único mecanismo era evadir la incomodidad a través de distracciones, ya sean trabajo, Netflix, alcohol.

Aunque todavía me distraigo y auto-medico, también he aprendido que mi “ansiedad” no radica solamente en mi cerebro, sino que es un síntoma de la violencia estructural moderna, manifestada en la violencia con la que muchas veces me trato a mí mismo. Me someto a un estrés autogenerado por una constante fijación a “sentirme realizado” y otras abstracciones que generan angustia cuando siento cuando no estoy haciendo siempre todo lo que puedo, cuando en lugar de escribir, trabajar, ayudar a alguien más o avanzar algún aspecto “valioso” de mi vida, estoy “perdiendo el tiempo” en actividades sociales o lúdicas.

Byung-Chul Han llama a esto “auto-explotación”, una consecuencia lógica del neoliberalismo y el individualismo extremo y competitivo. En tiempos donde no siempre existen opresores inmediatamente visibles contra quien rebelarnos; el cuerpo, el espíritu, se rebela contra uno mismo. Lo conectado se desconecta y se traduce en trastornos alimenticios, ansiedades o adicciones a entretenimiento chatarra, redes sociales, pornografía: tecnologías que funcionan como un simulacro, emulando esas conexiones perdidas. En mi caso, aprendí a valorar esa “ansiedad” como una manifestación del Sentipensamiento: mi cuerpo me señala que mis decisiones y acciones están guiadas por un pensamiento fragmentado y dictados por una “cultura del yo” racional que valora la autosuficiencia, la independencia económica y emocional, la realización personal.

Muchos de nosotros crecimos en un mundo construido sobre una ontología basada en separaciones radicales entre individuo y comunidad, naturaleza y cultura, mente y cuerpo, lo humano y lo no humano. Cada individuo occidental, argumenta Arturo Escobar, se considera a sí mismo como una unidad independiente y autosuficiente, dominando y manipulando objetos igualmente independientes. Las practicas derivadas de esta ontología –el extractivismo, la propiedad privada, y el mercado, como ejemplos–, crean mundos en los que cada vez es más difícil ver y vivir nuestras conexiones, cada vez más mercantilizadas y comodificadas, como reales.

Sin embargo, el humano es un primate social: para estar completos no podemos estar separados de los demás, necesitamos conexiones reales con nuestras familias, nuestros amigos, nuestras comunidades. En enero del 2018, la primera ministra británica Theresa May nombro a una secretaria de estado para enfrentar la epidemia de la soledad, una construcción cultural nacida del matrimonio entre el analfabetismo social y el paradigma neoliberaly que de acuerdo a dos recientes metaanálisis, es un factor de riesgo a la salud mayor que la obesidad. Los investigadores llaman a los gobiernos a considerar la conexión social como una prioridad de la salud pública.

En las entrevistas, muchas personas expresan la importancia de formar parte de un grupo comprometido al proceso de sanación y a crecimiento. Las experiencias con ayahuasca suceden dentro de un contexto donde los participantes comparten experiencias sumamente personales, intensamente emocionales y a veces incluso transcendentales o místicas. En pocos días se crea entre un grupo de extraños un ambiente de empatía y responsabilidad mutua que conecta a todos en lazos de reciprocidad. Estas son experiencias de comunidad que mucha gente hemos perdido en nuestras vidas cotidianas, en sociedades liquidas cada vez más competitivas y emocionalmente entumidas. Así lo describe una mujer estadounidense, asignada al estudio de depresión:

Quede maravillada de lo abiertos y vulnerables que son todos… me ayudó mucho estar con un grupo de personas que genuinamente quieren sanar, que tienen como meta aprender y ayudarse el uno al otro, que están dispuestas a compartir cosas intimas… he descubierto que no estoy sola, que hay muchas mas personas con problemas similares con las que me puedo relacionar… El grupo ha sido fantástico y siento mucho amor por las personas que han compartido su vida conmigo

Aunque en este articulo he decidido enfocarme más en la dimensiones epistemológicas y sociales de la sanación, las experiencias mediadas por la ayahuasca y la práctica médica Shipibo juegan un papel importante en la conexión y reconexión en todos los niveles del ser: reconexión con el cuerpo físico y las emociones, conexión con el cuerpo social, conexión con el cuerpo vivo y sintiente de la tierra y conexión con el cuerpo intangible e inefable del misterio.  Las personas a quienes entrevisto a menudo usan (y recuerdan) un lenguaje e imaginario sentipensante para describir sus experiencias: reconectar el cerebro con el corazón, reconectar la mente racional con los sentimientos y las emociones, saberse dentro de una red de interdependencia que incluye no solo a otros humanos, sino también a los bosques, los ríos, plantas, animales y montañas.

La sanación –la reconexión– es en algunos casos fruto de un reposicionamiento ontológico y epistemológico, un acto de desaprender a “pensar”, y recordar un “sentipensar-con-la-tierra” que empieza a erosionar las dualidades naturaleza-cultura, sujeto-objeto, individuo-comunidad, humano-no humano. Digo recordar, porque esta experiencia de un mundo encantado, interconectado y poblado por seres sintientes, inteligentes y comunicativos con quienes estamos íntimamente relacionados, es mucho más que la ontología primitiva o la epistemología fallida de sociedades pre-científicas. La salud, la felicidad, y hoy en día nada menos que nuestra supervivencia como especie humana, dependen en nuestra capacidad de sabernos ubicar dentro de esa red de inter-existencia.

Esto es algo que muchas culturas y personas indígenas, víctimas de genocidios y epistemicidios propiciados por el pensamiento “racional”, han intentado hacernos recordar durante siglos. Como me dijo alguna vez un maestro de otra tradición y otra planta, aquí en México: “para ustedes seres urbanos, el principal valor que tienen estas plantas maestras es alfabetizarlos sobre el mundo natural del que forman parte”.

Convertirme en un ser enteramente sentipensante es mi reto. Es indispensable para mi salud y la de todo los demás. Regresando al cuento de Galeano, al principio de este artículo: Yo también para eso escribo. Para eso investigo, para eso hago lo que hago: Para juntar mis pedazos.