Hace tres años seguidos que viajo con mi pareja para no perdernos y cuidarnos, y cada vez que venimos a Chile, en el control, hay muchas preguntas. He estado unas ocho veces acá y siempre venía con carta de invitación, pero esta vez no. Mi mujer es artesana, trabaja con bordados y en las dos maletas traía mantas y también traemos aguas de las hojas de plantas frescas para poder trabajar con las personas, para calmar la mente, hacer purgas. Eran unas cinco botellas pequeñitas y en cada maleta, traíamos una botella de un litro. Me preguntaron qué era eso, y yo lo dije sinceramente: “Esta es mi medicina, ayahuasca, con esto nosotros hacemos rituales”.

Estábamos en una oficina de la PDI y fueron duros: “¡Traficante de droga, acá nadie te va a salvar! ¡Dime si hay más cosas!”, gritaban. “Nosotros trabajamos en esto, ayudando a las personas”, explicábamos. Con la Sandra veíamos mucho movimiento, eran como cinco policías y siempre venía de afuera uno chico, que era el encargado y una chica, que era la que más se ponía brava: “¿Dónde está la droga que transportan?” decía, grabándonos con su celular. “¡Colabora con la policía!”, gritaba. Y de repente uno de los policías me da un golpe en la cara. “Esto es mi vida, mi cultura. Para qué voy a engañar, yo acá no vengo hacer mal a nadie”, decía. Pero los policías seguían gritando y no estaban seguros, porque llamaban a los fiscales para saber si era droga y les hacían preguntas. Nos revisaron, nos desnudaron. Y nos pasaron por unas máquinas. Nos hicieron firmar a la fuerza unos papeles que decían que cargábamos droga, y una planta alucinógena. A las ocho horas nos soltaron. “Las dos botellas se quedan”, dijeron.

Los policías nos dijeron que nos iba a llegar una notificación del fiscal al correo electrónico. Estuvimos como un mes y medio en Santiago y no llegó nada. El 9 de mayo tomamos el vuelo de regreso. Estábamos en la sala de espera, y faltando como 15 minutos para que saliera el vuelo, vi a los mismos policías que nos habían retenido la vez pasada. “Quedan detenidos por orden del fiscal, por tráfico de drogas”.

Me llevaron a Santiago 1. “¿Por qué tú estás acá?”, preguntaban los presos, “Nosotros sí somos de estos, ¿pero tú, por una planta?”, se reían. “Tu situación es leve”, me decían. Yo no sabía lo que era leve, pero ellos saben de estas cosas.
Estuve nueve días preso.

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Nací en la comunidad de San Francisco al borde de la laguna de Yarinacocha, en la zona de Pucallpa, Perú. Soy un shipibo. En mi lengua materna, a ese lugar le llamamos jepe wesha ian. Jepe es la palmera que crece en la orilla, la yarina, que es buena para la construcción de los techos; wesha, es río que cambió su curso, porque antes ahí pasaba un caudal que cambió su ciclo y ahora es una enorme laguna (ian). Los jesuitas y las monjas que llegaron al lugar, nombraron las comunidades: San Lorenzo, San Pablo, San José, San Juan, Santa Clara. En la Amazonía, en la ribera del río Ucayali, -unos cinco días de viaje aguas abajo y río abajo como seis días- hay unas 70 comunidades. La más grande de todas las shipibas es mi comunidad, que tiene unos 1.800 habitantes entre niños y adultos. Los shipibos somos pare bakebo, hijos del río. Mis tatarabuelos fueron fundadores de la comunidad, ahí había muchos peces y la comida estaba cerca, pero lo más importante es que es una zona alta, cuando crecen las aguas, no se inunda.

Mi vida de niño fue una vida de pobreza, muy difícil. Tengo 18 hermanos porque mi papá tuvo tres compromisos. Mi papá era profesor, estudió en el Instituto Pedagógico Bilingüe, que hicieron los misioneros para preparar los indígenas. Después de ser profesor se metió en la agricultura. Crecimos más con mi mamá y mis cuatro hermanos, ella recibió una enseñanza de las monjas y fue una mamá que sabía respetar, que nos daba buena orientación. Ella luchaba mucho y es una historia que me duele. De niño, me sacaba a mí para vender sus artesanías en las calles en Pucallpa. Con eso traía algo de comer, porque ella no podía sembrar yuca ni plátanos. A los diez años empecé a trabajar, a cargar agua o leña, para poder conseguir algo de comida. En cuarto grado, en la escuela, comenzaron a alimentarnos, nos daban un frito de harina o unas conservas de picado con cebollas, pero a mí no me gustaba las conservas, vomitaba, me enfermaba.

Lo que más faltaba era la comida y la ropa. Yo tenía dos poleras, una trusa corta y un pantalón para ir a la escuela. Ir a la escuela sin comer, regresar a casa y ver que mi mamá no estaba, esas cosas fueron difíciles para mí. Mi mamá salía a las cuatro de la madrugada y regresaba como a las seis de la noche, pero si no vendía, se quedaba con una tía allá en Pucallpa. Hice la primaria y la secundaria y a los 16 años ya era fuerte, trabajaba limpiando el pasto en las cosechas de maíz, plátanos o de yuca; atendía a mi mamá y ayudaba a mis hermanos a estudiar. Cuando salí de la secundaria estudié en el Instituto Pedagógico Bilingüe para ser profesor de primaria.
Antes, en la cultura shipiba, cuando no había escuelas, los padres preparaban a sus niños para que se dedicaran a la chacra, o para ser un buen cazador o pescador, como un buen profesional, así como en la cultura de ustedes. A algunos los preparaban con plantas para ser un buen curandero. Mi familia, por ambos lados, fueron muy buenos curanderos y sanadores, yo nací de esa cuna. Nuestros abuelos nos trataban con plantas, con sus aguas nos hacían bañar, nos daban una limpieza de vista o nos echaban aguas en las narices para que no fuéramos flojos o dormilones, para que fuéramos fuertes y tener la mente clara.
Yo, desde muy niño, cuando miraba a mi abuelo que preparaba plantas y trabajaba con sus pacientes, sentía una vibración muy fuerte dentro de mí, y decía: “mamita, no voy a estudiar, quiero ser algo natural, pero no lo descubro”. A los 12 años pensaba, cómo puedo yo canalizarme, cómo puedo encontrar mi propia verdad, mi propio don, quería ser un buen curandero, pero mis abuelos habían muerto y no tenía quién me guiara. A los 17 encontré a un maestro. Me enamoré de una de sus hijas y llegamos a convivir. En ese tiempo yo trabajaba de profesor, pero luego de trabajar tres años, llegué decidido frente a mi maestro. “Ahora quiero entrar en mi mundo, en lo que hacen nuestros ancestros, ya entiendo”. El maestro me abrazó.

Mateo Arévalo, fue mi maestro por 21 años. Recibí muchas plantas de parte de él, porque mi vida desde los 12 a los 20 fue como la de cualquier joven, una vida de locuras, de mucho ruido de la mente. Con tanta planta que él me daba, me ayudó a enfocarme, abrir mi corazón a ir limpiando. La primera noche que tomé la ayahuasca vi muchas cosas. Tenía 18 años y fue una conexión total, muchos abuelos me hablaban, decían que tenía que botar lágrimas, dolores, vergüenzas: todo tienes que pasar en esta vida y si superas esto vas a llegar allá, decían. Eso vi en mis visiones, porque yo soñé esto desde muy niño. Esto es un camino y encontré una riqueza total. Crecí perdido, pero esto me llenó. Me hizo ser un buen hombre, llenarme de alegría, de amor, de paz.

En este camino de preparaciones hay distintos niveles. El nivel uno es Rao ona, la persona que conoce de todas las plantas, pero que no cura. El segundo nivel, es el Rao Mis, que sabe de plantas y que puede trabajar con ellas, hace baños, té, emplastos, cremas. Y el tercero, es el Onaya, médico curandero: el conocedor de todos los mundos, que maneja la energía, hace terapias de sanaciones. Dentro del nivel del curandero, está el Yobe, el brujo. Es la persona que saca los dolores físicos puestos por otros, con un líquido hace succiones, chupa y materializa el dolor como piedra, espina o insecto. Los que manejan mal la energía se llaman maleros, que no es lo mismo que el brujo. El otro nivel, el más elevado, es el Meraya, que es el iluminado. Es una persona que se podía convertir en jaguar, en anaconda, estar físicamente en todos los mundos. Mi papá vio las ceremonias donde tendían un mosquitero grande y alrededor estaban los pacientes, y el abuelo cantaba y después se perdía y bajaba como hombre, a veces, como mujer, o como jaguar. Había una cuñada que se burlaba de mi abuelo, que no creía, y una noche bajó un jaguar y ¡agrrr!, le fue de frente a la señora que no creía y la agarraba con sus garras y la mujer gritaba y con su cola la tocaba, y ¡agrrr! y de repente desapareció ¡pa, pa, pa, pa! y luego volvía aparecer y a cantar el abuelito (canta) y se reía: “Cuñada, te has asustado”, le decía.


Yo soy Onaya. Este es un conocimiento ancestral que no está escrito, un curandero tiene todo acá en la cabeza y en el corazón, las cosas llegan. Hago un diagnóstico con la gente y luego me pongo a dormir y a soñar, para saber qué tiene esta persona. Uno es el que guía y abre los mundos. Si tomas una planta maestra, te llenas de poderes de esa planta. Pero para recibir la pureza de cada planta, tienes que prepararte con dietas, cuidar el cuerpo, tus pensamientos, tus palabras, cuidar donde andas: no sexo, no alcohol, no fiestas, no ají, no tocinos y cosas grasosas. En las canalizaciones, el maestro dentro de su ritual canta sus canciones, sus ícaros, para guiarte y darte la nueva energía de la planta en tu cuerpo, en tu mente, en tu alma, en tu espíritu, para darte un canal, una orientación, para que puedas viajar. La canalización es conectar con el mundo de la planta para que puedas aprender de esa planta. Conectas con la luz del universo. Es un viaje hacia uno mismo y hacia la vida.

Ayahuasca es una palabra quechua, en nuestra lengua shipiba, la llamamos Oni, que es el único de todo el conocimiento. La ayahuasca es la madre de todas las plantas, porque te protege, te hace renacer, te hace botar el peso que tienes encima. Es una herramienta. Ves a un paciente y en la noche tomas tu ayahuasca para poder hacer el diagnóstico y saber con qué planta lo vas a curar. Es una puerta, como una escalera que te conecta con las demás plantas que has trabajado o te has bañado, te va abriendo cada mundo. Trabajé 21 años con mi maestro. Fui su brazo derecho y fue difícil separarnos, pero hace seis años partí por mi propio camino. Él me hizo encontrar mi verdad y ahora tengo un centro en mi comunidad Sanken mai, (la tierra del renacer) un centro de sanación y conocimientos ancestrales.

Me dolió mucho todo lo que pasó, pero esto es mi verdad. Esto no es una droga. Esto no es algo malo. Yo soy contra de las drogas, ayudo mucho a los adictos a los químicos, a los alcohólicos y que me apunten que soy así, me dolió. Reflexioné harto, de profundizar conmigo mismo, dar más fuerza a mis conocimientos. Sabemos que somos indígenas, pero no somos animales. Ese trato me duele en el alma. Para mí fue un golpe profundo.

Fuente: http://www.theclinic.cl/2017/07/09/efrain-lopez-medico-curandero-del-pueblo-shipibo-detencion-ayahuasca-no-una-droga-vida-cultura/