MI OFICIO DE MÚSICO Y EL MERCADO DE LA “ESPIRITUALIDAD”, LA AYAWASKHA Y EL “CHAMANISMO” EN EL MUNDO MODERNO

Por: Arturo Enrique Pinto Cárdenas

Hace unos días, escribí a algunos amigos residentes en Europa, para pedirles sus opiniones y consejos sobre las posibilidades actuales de que yo vaya allá como músico. Ellos respondieron amablemente a mi consulta ytocaron diversos temas; pero hubo algo en lo que todos coincidieron: ¡las mejores posibilidades, actualmente, para un músico especializado en la música andina y amazónica están en el mercado de la “espiritualidad”, la “medicina alternativa”, el “chamanismo” y las tomas de plantas! ¡De hecho, ya son muchos, no solo en Europa sino en el mundo, los que antes solo eran músicos andinos” y ahora, de pronto, resulta que son también “chamanes”! Por eso, me decidí a publicar este texto, a la vez testimonio, declaración y manifiesto.


INICIOS

Yo soy músico, compositor y cantautor y también profesor e investigador de la música tradicional andina y amazónica. Vivo componiendo, tocando, cantando, grabando y enseñando. Tengo música y canciones de diferentes tipos y en diferentes estilos. Tengo también una vasta colección de instrumentos musicales tradicionales, fruto de mis investigaciones de muchos años. Ofrezco demostraciones, recitales y conferencias sobre esos instrumentos y su función social y ritual en las culturas de donde provienen.

Fui educado en un colegio católico de la ciudad de Lima. Las prédicas de los curas despertaron en mí una profunda religiosidad; pero, a la vez, fueron causa de intensos miedos y sentimientos de culpa y, más tarde, de indomables rebeldías. Cuando terminé mi educación secundaria y salí del colegio me alejé completamente de la iglesia y la religión católica y me identifiqué con el ideal de la búsqueda de la justicia social. Sin embargo, tuve siempre un gran interés por los mitos, los ritos, los sueños, las escuelas de filosofía, etc. Leí a muchos autores y muchos libros, como Carl Jung, Mircea Eliade, el I Ching, el Tao Te Ching y otros, siendo este último, de los llamados textos sagrados de la humanidad, el que más me impactó.

INMERSIÓN

Por otro lado, desde muy joven, sentí una fuerte atracción por la música tradicional, especialmente la música indígena de mi país. Motivado por ese interés, así como por mi compromiso social, viajé, visité pueblos y comunidades, investigué, estudié, aprendí el idioma quechua, participé en festividades y rituales, recolecté música e instrumentos con los que organicé exhibiciones y hasta abrí un museo y me volví un especialista en la música andina y amazónica.

En ese camino, me lancé, voluntariamente, a una búsqueda de inmersión en la actitud mental, el pensamiento mágicoreligioso y las tradiciones y prácticas ceremoniales de las culturas indígenas, en las que la música es un elemento indispensable. En algún momento, en esa búsqueda, tuve experiencias de tomas de plantas psicotrópicas, tanto con “maestros” nativos como con personas y grupos involucrados en “círculos de medicina”, “iglesias nativas”, “comunidades ayahuasqueras” y otros que ahora abundan y son parte de una corriente que algunos llaman “neo-chamanismo”.

Como producto de esas experiencias con plantas, creí haber encontrado una pieza clave para no solo entender sino sentir y ser capaz de vivir más plenamente mi inmersión en lo que creí era el paradigma sobre el cual se fundamentaban las culturas nativas de raíz prehispánica, no solo las andinas y amazónicas sino también las del norte, centro y sur de América, cuya música me interesaba tanto. Creí haber comprendido, finalmente, por qué se observa en ellas una cotidiana y permanente práctica de rituales, tanto personales como colectivos, en relación con la naturaleza, entendida y sentida como un ser y, a la vez, un universo de seres con conciencia, sentimientos y voluntad propia, con quienes el ser humano se puede comunicar. Creí haber vislumbrado de dónde venía ese hábito, ese modo de pensar, de hablar, de actuar y de vivir la vida en dos realidades entrelazadas que podríamos definir como el mundo de lo material y el mundo de los espíritus.

CREATIVIDAD

Además, mis experiencias psicotrópicas estimularon mucho mi creatividad y compuse, en esa etapa, muchas canciones inspiradas en ellas e integré algunas otras, que había compuesto antes, a ese contexto. Así fue que, poco a poco, yo mismo acabé involucrándome en la organización y promoción, tanto de manera personal como, junto con indígenas y no indígenas, dentro de grupos en los que participaba, de sesiones de tomas de plantas y otros rituales tomados de las tradiciones nativas, como ofrendas, oráculos con hojas de coca, baños de sudor, etc., rituales en los que yo compartía mis inquietudes y aventuras creativas, artísticas, musicales y poéticas.

Inesperadamente, en algún momento, mi ingenuidad se dio con la alarmante sorpresa de que mi proceso estaba dejando de ser una aventura únicamente personal. Algunas de mis canciones fueron grabadas, en sesiones de tomas de plantas (sin mi consentimiento y violando mi privacidad y las de los demás presentes), para luego ser publicadas en una página “ayahuasquera” y, de allí, diseminadas por el Internet en donde empezaron a ser conocidas como“recibidas” de los “mundos sobrenaturales” por algún gran “maestro chamán” o “curandero” de la “medicina”. Motivado por una imperante necesidad de ser honesto conmigo mismo y con los demás, yo creí indispensable hacer la aclaración de que yo no era nada de eso y solo era un músico y un cantautor. Sin embargo, eso no sirvió de mucho. Me guste o no me guste, la gente insistía en creer que yo era un “chamán”, un “taita”, un “maestro espiritual”.

DELUSIÓN

Podría decir muchas cosas sobre ese fenómeno; pero la palabra, en el idioma inglés que siempre viene a mi mente cuando rememoro muchas de las experiencias que tuve, involucrado con esas corrientes “neo-chamánicas”, es la palabra “delusion”, que algunos traducen al español como “delusión” y otros como “delirio” y hasta, con más detalle, cuando se da en contextos religiosos o “espirituales”, como “delirio místico”. No son mis especialidades la psicología ni la psiquiatría; pero, en todo caso, de lo que yo puedo dar testimonio, es de que ese estado mental puede llegar a ser una forma muy peligrosa de autoengaño y, en muchos casos, también de engaño colectivo y hasta puede llevar a la autoaniquilación.

CHAMANISMO

Gracias a mi inmersión en las tradiciones indígenas y mis relaciones personales con curanderos y comunidades, yo sabía muy bien que para curar, en la medicina tradicional, no solo bastaba con cantar canciones hipnóticas, tocar música cautivadora, recitar fórmulas misteriosas, o hacer pases mágicos con las manos, la shakapa (sonaja o “maraca”), la pluma, la pipa u otros objetos. Los curanderos nativos hacen eso; pero, además, saben muchas cosas prácticas, en el contexto del estadio cultural y el relativo aislamiento y abandono del mundo moderno en el que viven sus comunidades: pueden ayudar a una madre a dar a luz, arreglar huesos rotos o dislocados, curar heridas, saben de las indicaciones y contraindicaciones de las plantas medicinales, saben sobre dietas y ayunos y hasta saben mucho de una especie de psicología” práctica.

Por otro lado, debo agregar que varias veces fui testigo de cómo los “chamanes” podían tratar de impresionar al no iniciado, ya sea indígena o no indígena y, por ende, naturalmente, al occidental, con discursos sobre “espíritus” y “poderes misteriosos”; pero sabían muy bien que las dosis, las proporciones en la preparación de sus “medicinas”, sus propias habilidades de “performance teatral”, así como la predisposición psicológica de sus pacientes (la “fe”) y muchos otros factores perfectamente comprobables, eran la única garantía de la efectividad de sus rituales y curaciones. Y era eso lo que enseñaban a los que habían llegado a los más altos grados de “iniciación” y, por ende, de confianza. Era como verificar una especie de código de honor” que existía en el “chamanismo”, muy similar al de los magos e ilusionistas del mundo moderno.

Finalmente, algo que se aprende cuando uno se sumerge en estas investigaciones; y lo corroboran también los estudiosos y autores más serios, es que el chamanismo no es una religión ni un “camino espiritual” sino una especie de “tecnología” adaptable a la intención de quien la use y, justamente por eso, no sigue necesariamente un código ético o moral. Los chamanes pueden tener el propósito de curar como también de dañar o hasta de matar y eso es perfectamente conocido y hasta temido por los indígenas, aunque a muchos no indígenas, que los idealizan románticamente, les resulte chocante. Los propios indígenas (en especial mujeres), siempre me dijeron que de cada diez “ayahuasqueros”, nueve son “brujos” y, quizás, uno sea un verdadero curandero.

NEO-CHAMANISMO

Consciente de todo eso, yo no solo sabía muy bien que yo no era ningún “chamán” ni “curandero” sino que, además, no quería serlo. Más aún cuando me veía rodeado de un ejército cada vez más creciente de “neo-chamanes” que compraban ayawaskha y otros agentes psicotrópicos a los indígenas, imitaban pases o gestos mágicos, pronunciaban rezos que sonaban, supuestamente, “nativos”, pretendían tocar “música ceremonial” con “instrumentosétnicos ancestrales”, se aprendían del Internet algunas de las llamadas “canciones de medicina” de moda y las cantaban en sus llamadas “ceremonias”, se especializaban en todo tipo de poses con las que impresionaban a sus seguidores y se abrían espacio en el mercado y los movimientos de la espiritualidad”. En algunos casos, mezclaban todos esos ingredientes con elementos tomados indistintamente de culturas orientales y la llamada “nueva era” o, en otros, con una especie de purismo nativista que rayaba en el fundamentalismo.

Pero lo más doloroso y cuestionable era constatar cómo estos personajes no solamente no curaban sino que, por el contrario, hacían daño, quizás de manera involuntaria e incapaces de darse cuenta de ello; pero hacían daño al fin, no solo a sí mismos sino a sus entornos, sus propias familias y relaciones y hasta a la sociedad, desde sus incautos seguidores y los mal informados consumidores de sus supuestas “medicinas” hasta, incluso, las propias comunidades indígenas que pretendían representar. Por mi parte, yo deploraba y rechazaba todo eso desde lo más íntimo de mi ser y trataba de marcar mi distancia. Pero tampoco servía de mucho.

Son innumerables las historias que podría contar. He visto a mucha gente, en ese confuso mundo de las plantas y las “ceremonias”, tomar decisiones perjudiciales para sus propias vidas y las de quienes los rodeaban, presas de una mentalidad delusiva, alucinada, obsesiva, monotemática, enajenada y disociada de la realidad. He visto abandonar parejas, familias, hijos, abandonar profesiones, oficios o actividades, a artistas, músicos, fotógrafos, pintores, hasta antropólogos, biólogos, psicólogos y otros científicos, rechazar su arte y su ciencia y anularse del todo, negar su propia identidad y terminar creyéndose llamados a ser “chamanes” o “sanadores espirituales” y, para ello, involucrarse en procesos de “entrenamiento” para adquirir el necesario “poder” y el “conocimiento”, los que, por supuesto, implican más y más tomas de más y más plantas y otros agentes psicotrópicos, a cual más rebuscado, exótico y espectacular. He visto a personas enfermas y hasta mujeres embarazadas rechazar y abandonar tratamientos o controles médicos por ser “occidentales” y “no naturales” y causarse grave daño a sí mismos y a sus propios hijos. Sé de numerosos casos de inflación del ego, abusos, manipulaciones, sectas, cultos, batallas territoriales por el mercado, envidias, celos, acoso, supuestas “transmisiones de poder” a cambio de favores sexuales, aberraciones, deshonestidad, fraudes, agresiones mutuas, dogmatismo, malversación de financiamientos para supuestas causas nobles y proyectos, todo detrás de la seductora máscara del “chamanismo” o la espiritualidad nativa”, la “medicina” y de poses de “sabiduría”, “iluminación”, “elevación” y “maestría”. Hasta he visto a auténticos indígenas vender sus tradiciones y rituales y hasta a comunidades corromperse y rendirse masivamente, con muy pocas honrosas excepciones, ante la tentación del dinero, la fama, los viajes, etc., que se presentaban con la catastrófica llegada del engañoso mercado del llamado “turismo místico”. Sé muy bien que, aunque son pocos, hay también quienes están muy preocupados por el alarmante retroceso de las especies nativas de sus hábitats originales, debido a la demanda del mercado de plantas psicotrópicas. Y eso es solamente la punta de un gigantesco iceberg.

“DOS MUNDOS”

Todo esto, me resultaba tan desconcertante que hasta me llevaba a cuestionar, dentro de mí, la cordura y las limitaciones éticas de mi original búsqueda de “inmersión” y la consiguiente experiencia de tener que vivir “entre dos culturas” que de esa “inmersión” resultaba.

Desde mi juventud, yo admiré mucho la vida y la obra del novelista, poeta, ensayista y antropólogo peruano José María Arguedas, gran escritor y defensor de las culturas andinas de mi país; pero sabía también que, entre los factores que le habían llevado a su decisión extrema de suicidarse, estaban las disonancias cognitivas que sufría dentro de sí, lo que él mismo llamaba un “conflicto entre dos mundos” incompatibles e irreconciliables, quizás representados, por un lado, por un pensamiento mágico-religioso y, por el otro, por un paradigma científico, lógico y racional.

Más tarde, supe también de la posibilidad de respuestas oportunistas, como la del famoso Carlos Castaneda, otro antropólogo peruano, que decía haber conocido en sus investigaciones en México a un “brujo yaqui” llamado Don Juan y afirmaba haberse convertido, él mismo, en un “brujo” y, consiguientemente, se dedicó a escribir bestsellers y hacer talleres y cursos de “chamanismo” y rodearse de fanáticos seguidores entre quienes, se practicaban todo tipo de aberraciones, incluyendo un verdadero harem de mujeres, en los EEUU, en la época de la “psicodelia” de los años 60.

En mi caso personal, uno de mis mecanismos de defensa fue intentar asumir, siempre desde la perspectiva de mi “compromiso social”, un rol de simple “traductor” o “puente intercultural” (rol para el que después me enteré de que había quienes usaban el neologismo quechua “chakaruna”, de “chaka” > “puente” y “runa” > “ser humano”).

“TRICKSTER”

Además, durante mi “inmersión”, descubrí una figura arquetípica muy presente en las culturas indígenas, la cual algunos estudiosos llaman la figura del “trickster” o “bufón”. El “trickster” o “bufón” puede ser un personaje de una danza, de un ritual o de un cuento, que es irreverente con la fe y el protocolo y representa el absurdo, la paradoja, la contradicción, la comicidad, el juego, la trampa, la broma, la bufonería, la sátira, el sarcasmo… En las culturas andinas y amazónicas puede ser el mono (k’usillu), el oso (“ukuku”), el “wiraqu”, el “chuto”, el zorro, el “abuelo”, el “kurku” y otros personajes. En la cultura indígena norteamericana Lakota es el “heyoka”, el contrario, el clown. En cada cultura, esa figura arquetípica tiene su nombre y sus particularidades; pero siempre está presente. El “trickster”, observaba yo (y luego encontré que algunos estudiosos también opinan lo mismo), cumple la función de regular el equilibrio entre la fantasía y la lógica, lo “ceremonial” y lo mundano, la magia y la racionalidad y evitar, justamente, la delusión y los extremos aberrantes.

El refugiarme en el arquetipo del “bufón”, el “trickster”, que no toma nada demasiado en serio, ni siquiera a sí mismo, así como mi esfuerzo por mantenerme fiel a mi rol de “puente intercultural” y a mi compromiso social, me permitieron eludir, al menos por un tiempo, mi propia delusión, el suicidio y la alienación mental del pretendido “maestro” o “curandero” o “chamán”.

CRISIS

Pero, a pesar de mis esfuerzos, el peso de las evidencias, poco a poco se hacía cada vez más insostenible y me fue haciendo dolorosamente consciente de que, a pesar de mis “estrategias” de “chakaruna” o de “bufón”, yo mismo había contribuido a poner a rodar una bola de nieve que se había hecho imparable y, de pronto, comprendí que no podía seguir así, navegando a contracorriente, contra el viento y contra mí mismo. Mis propias disonancias cognitivas y éticas se fueron agudizando y empecé a entrar en contradicciones irreconciliables y virulentos choques frontales con muchas de las personas, grupos y movimientos con los que me había involucrado. Poco a poco, sentí que todos esos conflictos se hacían, cada vez más penosos y extremada y peligrosamente inmanejables y hasta mi salud y mis relaciones se deterioraron. Entonces fue que tomé la decisión radical de detenerme y hacerme a un lado y así, paulatinamente, fui recobrando mi equilibrio y mi cordura, hasta que, felizmente, empecé a alejarme de todo ese tóxico pandemónium. Hoy, finalmente, gracias a ese duro proceso, puedo decir que, paradójicamente, ¡me he “curado” de la enfermedad de la “medicina”!

DESLINDES

Sé que hay quienes dirán que “no entendí el camino”, que “no dí el salto”, que “alcancé mi techo”, que “me dominan mis miedos”, que “debo estar resentido” con ciertas personas con quienes tuve problemas, que son mis “energías negativas”, que “no estoy a la altura de mis propias canciones”, que es mi “ego”. Otros dirán que todo esto es solo “una etapa”, una “crisis depresiva” y que, más bien, debería tomar más plantas para ver si me “curo”. Seguramente habrá también quienes digan que, a pesar de todo, las tomas de plantas y los rituales “chamánicos” les hicieron mucho bien, les cambiaron la vida, que ahí encontraron salvación, curación, liberación, expansión de conciencia, etc.; y que hay que ver el lado bueno y no solamente el lado negativo de las cosas. Quizás muchas personas que eran o se habían vuelto escépticas dirán que descubrieron una “fe” o volvieron a ella y consideran que eso le dio o le devolvió un sentido a sus vidas. Yo respeto sus procesos. Solo comparto, desde mi propia experiencia, mi propio testimonio, mi propio balance y mis propias conclusiones y decisiones. Sé también que existen, entre muchos sectores de la sociedad, una gran decepción y una creciente desconfianza en la industria farmacéutica, la medicina y los sistemas de salud convencionales y están buscando “medicinas alternativas”. Es un fenómeno que merece ser tomado en cuenta; pero no debería ser utilizado para satisfacer irresponsables intereses y oportunistas motivaciones.

Debo aclarar, asimismo, que, por supuesto, no niego el derecho de los pueblos originarios a su propia cultura, sus tradiciones y su autodeterminación. He dedicado mi vida a apoyarles en la defensa de sus derechos y en el impulso de proyectos de educación intercultural para sus hijos, de desarrollo, de mejoramiento de sus condiciones de salud y alimentación, de investigación y promoción de su patrimonio musical, sus idiomas y muchos más y lo seguiré haciendo.

Finalmente, tampoco niego que las plantas psicotrópicas, así como el estudio serio y objetivo de la medicina tradicional indígena, el chamanismo y otras manifestaciones culturales puedan ser de beneficio para el mundo moderno. Pero opino que son campos que deberían ser investigados desapasionada y, por cierto, científicamente por médicos, psicólogos, psiquiatras, neurocientíficos, antropólogos, sociólogos, historiadores y otros especialistas. Y esos métodos científicos no deberían ser temidos ni rechazados por los entusiastas de estas “medicinas” porque, de ser realmente efectivas, no las descalificarían sino que, por el contrario, las avalarían ante el mundo. Mientras tanto, creo que lo más recomendable es tener paciencia y mucha cautela y mantener una prudencial distancia y un estado de alerta para no caer en esa delusión que alimenta a uno de los más florecientes y rentables, como a su vez cuestionables negocios en el mundo moderno.

CONCLUSIÓN

Por mi parte, tanto en mi país, como en cualquier país del mundo, yo sigo ofreciendo mi arte, como músico, compositor, cantautor e investigador. Puedo compartir recitales y conciertos con mis canciones y mi música. Puedo ofrecer exposiciones, demostraciones y talleres sobre la música y los instrumentos andinos y amazónicos. Y estoy dispuesto, también, de haber interés o presentarse la ocasión, a discutir, a mis 60 años de edad y después de más de 40 años de investigaciones, inmersiones y diversas experiencias con rituales, tomas de plantas y estados alterados de conciencia, la problemática de la música, los músicos y el mercado de la “espiritualidad”, la ayawaskha y otras plantas psicotrópicas, los estados alterados de conciencia, el “chamanismo” y el “neo-chamanismo” en el mundo moderno, el arquetipo del “bufón” o el “trickster”, la interculturalidad, las inmersionesy otros temas, a través de conferencias o participando en debates; como especialista o experto en el tema; pero, ¡por favor!, ¡no como “maestro chamán” ni “curandero”!

Lima,16 de febrero de 2017

Fuente: https://docs.google.com/document/d/1NwwWw6wSRUEq6oBpn3T03iEIIz8LYty6Zt86haG3sDw/pub

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