Caso de asesinato de anciana ultima hablante de lenguas nativas

Por Alberto Chirif*

Antecedentes y contexto

El viernes 25 de noviembre se encontró muerta en su chacra, ubicada en la comunidad de Nueva Esperanza, río Yaguasyacu, a la señora Rosa Andrade Ocagane, de 67 años de edad. El río Yaguasyacu es afluente del Ampiyacu por su margen izquierda, el cual, a su vez, tributa sus aguas en el Amazonas. La cuenca pertenece al distrito de Pebas, provincia de Ramón Castilla, región de Loreto.

La comunidad de Nueva Esperanza está habitada por familias pertenecientes al pueblo indígena Ocaina, que forma parte del troco lingüístico Huitoto. Junto con los Bora, Huitoto y otros pueblos indígenas, los Ocaina fueron víctimas de la crueldad de los caucheros que explotaron gomas silvestres durante el auge de precios que alcanzaron en el periodo que va desde fines del siglo XIX hasta 1914. Como consecuencia de esto, miles de pobladores indígenas que moraban en la zona de extracción ubicada entre el Putumayo y el Caquetá murieron asesinados y diezmados por enfermedades contagiosas, como el sarampión, para las cuales ellos no tenían defensas.

Luego el auge cauchero, la frontera del Perú con Colombia se redefinió mediante el tratado Salomón Lozano, de 1922, ratificado en 1934, mediante un Protocolo de Amistad y Cooperación. De acuerdo a esto, los territorios ubicados en la margen derecha del río Putumayo quedaron bajo dominio del Perú y aquellos situados en la margen izquierda, de Colombia. En ese momento, patrones peruanos y algunos colombianos resolvieron trasladar parte de la población indígena hacia la margen derecha del Putumayo, es decir, hacia territorio peruano. Es esta la razón de la presencia de población de los pueblos Huitoto, Ocaina, Bora y otros en las cuencas de los ríos Putumayo, Napo y Ampiyacu.

En el Ampiyacu, los  pobladores indígenas trasladados vivieron bajo las órdenes de patrones que los utilizaron como mano de obra para trabajar sus fundos. No recibían salarios sino “habilitaciones” mediante mercaderías proporcionadas por los mismos patrones. Esta situación se comenzó a resquebrajar por varias razones, entre las más importantes, la caída de los precios de los productos explotados por los patrones, la creación de escuelas en los caseríos indígenas a partir de la década de 1950 y la promulgación de la ley de comunidades nativas en 1974. Desde entonces, las comunidades libres se han organizado en la Federación de Comunidades Nativas del Ampiyacu (Fecona), que es base de la confederación indígena Asociación Interétnica de Desarrollo de la Amazonía Peruana (Aidesep).

Doña Rosa Andrade y su familia

Doña Rosa y su hermano Pablo, así como otros familiares que viven en la comunidad, recibieron el apellido Andrade de un patrón, ya que en el sistema de identificación de los indígenas no existen los apellidos. Como apellido materno ha quedado el nombre de su madre. Su padre era ocaina y su madre resígaro, otro de los pueblos indígenas víctimas de la crueldad de los caucheros, hoy en extinción. La lengua resígaro, del tronco lingüístico Arawak, hasta antes de la muerte de doña Rosa era hablada únicamente por dos personas: ella y su hermano Pablo. La estirpe ocaina también presenta una situación dramática, ya que entre Colombia y Perú no hay más de 40 personas que hablan esta lengua.

Doña Rosa Andrade Ocagane, asesinada a los 67 años, estuvo casada con don Vicente Rodríguez Ruiz, del pueblo indígena Bora. Enviudó en agosto de 2011, cuando su esposo murió a la edad de 63 años. Antes de conocer a don Vicente, ella había tenido un hijo, Felipe Flores Andrade, que era docente y trabajaba en la comunidad yagua de Remanso. Con don Vicente tuvo una hija, Norma Flores Andrade, que vive en Leticia (Colombia) y dos hijos, Clever Rodríguez Andrade, también docente,y Vicente Rodríguez Andrade que vive en Lima. Tanto Norma como Vicente se encuentran en este momento en Nueva Esperanza.

Su hijo Felipe, como se ha señalado, era maestro. Absurdamente, fue asignado por la Unidad de Gestión Educativa (Ugel) para trabajar en Remanso, comunidad yagua cuya lengua él no conocía, ubicada en el mismo Amazonas. Durante una fiesta, en la que los participantes estaban con algunos tragos de más, fue empujado de un segundo piso. La caída le afectó la médula espinal y quedó tetrapléjico. Murió en 2015. En Caballo Cocha, capital de la provincia de Ramón Castila, el fiscal Juan Alberto Basilio Atencio no investigó el caso que fue luego cerrado.

Doña Rosa recién estaba cobrando la pensión 65 y estaba haciendo trámites con su sobrina;Frida Vega, que vive en la comunidad de San Andrés, río Momón, para poder recibir la pensión de su hijo fallecido.

Doña Rosa era una persona muy querida en la comunidad y también por las personas foráneas que la conocieron. Su muerte es una pérdida enorme para la humanidad, no solo porque el cariño que ya no prodigará a los que la rodeaban, sino porque era uno de los pocos hablantes del ocaina. Era también la última hablante de resígaro, junto con su hermano Pablo. Doña Rosa fue uno de los pilares para la recuperación y revitalización de estas lenguas y su cultura, de la que conocía un repertorio extenso de canciones y relatos de la tradición oral. Hace unos años, se ofreció a transmitir sus lenguas a los niños de Nueva Esperanza que aún no asistían a la escuela, mediante cantos tradicionales, cuentos y artesanías. Recientemente con el proceso de normalización consensuada del alfabeto ocaina, adelantado por el Ministerio de Educación del Perú, doña Rosa volvió a ser designada como la abuela sabia que enseñaría a los niños.

El asesinato

El pasado viernes 25, doña Rosa fue encontrada muerta en su chacra. Había sido decapitada. No se encontró su cabeza, ni tampoco su corazón. A los pocos días, sus familiares de la comunidad sospecharon de un foráneo. Se trata de Rubén Mendoza Izuiza. Él había sido echado de Estirón, otra comunidad de la cuenca del Ampiyacu, por haber sido considerado un tipo antisocial, causante de peleas durante sus continuas borracheras. La comunidad de Nueva Esperanza, ubicada a poca distancia de Estirón, lo acogió.

A raíz de las sospechas (de acuerdo a las noticias, se habría descubierto una bolsa de fibra vegetal usada por doña Rosa manchada de sangre), la comunidad procedió a detenerlo y ponerlo en manos de la policía, quien lo envió a Caballo Cocha. El fiscal provincial, el abogado Juan Alberto Basilio Atencio, fijó una audiencia para el 1º de diciembre pasado, a las 10 a.m. De acuerdo a la información llegada de la comunidad, el fiscal dice que no hay pruebas suficientes para acusarlo. La comunidad no tiene confianza en este fiscal porque fue el mismo que dejó libre al hombre sindicado de haber empujado a Felipe Andrade en la comunidad de Remanso, en la caída que le causó posteriormente la muerte.

En honor a su memoria, a su destacada labor en beneficio de su gente, exigimos una seria investigación para ubicar al culpable del asesinato de doña Rosa Andrade Ocagane y castigarlo con todo el peso de la ley.

Personas de referencia

Frida Vega, sobrina de doña Rosa. Vive en la comunidad de San Andrés, río Momón, cerca de Iquitos. Celular 963647163.

Teléfono de Nueva Esperanza: 065631464. Don Simón Yamashaco, morador.

René Vásquez, sobrino de doña Rosa. Cel 976317469. Una de las personas que participó en la captura y entrega a la policía del presunto asesino.

Alicia Vásquez, sobrina de doña Rosa, y hermana de René. Está ahora en Caballo Cocha pendiente de este asunto, tratando de presionar para que no dejen en libertad al sospechoso sin antes interrogarlo. Cel 949916992.


Fuente: https://www.servindi.org/actualidad-noticias/16/12/2016/caso-de-asesinato-de-anciana-ultima-hablante-de-lenguas-nativas

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