EL OTRO CAMINO DE UNA MACHI

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Carolina Vargas

Las nubes grises que durante la noche cubrieron el cielo en Valdivia finalmente trajeron la lluvia. Faltan diez para las siete de la mañana y la alarma del despertador acaba de sonar. Desde uno de los dormitorios de las cabañas ubicadas al interior de Kalfvgen, el Centro de Medicina Mapuche que desde hace 6 años funciona en una parcela a las afueras de Valdivia, se escucha cómo los goterones caen desde las hojas de los árboles y golpean las tablas de madera que forman una enorme terraza: la plataforma que sostiene a cuatro cabañas, instaladas en la ladera de una quebrada, en las alturas de un bosque nativo. Desde la ventana de la pieza, allá a lo lejos, donde terminan las copas de los árboles, se ve el río Cruces y el amanecer.

A pocos metros de las cabañas, en la cocina del centro de medicina, vestida con su küpam, un largo traje negro que cubre su metro 78 de altura, y el trarilonko, un cintillo de plata que afirma un largo encintado de colores que aflora desde su cabeza, Paola Aroca Cayunao (41), la machi Paola, prepara el desayuno. En el mesón hay una pequeña radio que, desde un pendrive, reproduce canciones mapuches en mp3, como la que suena ahora: el canto de un hombre y un kultrun. La mesa está puesta: sobre individuales rosados y celestes, hay copas de colores, platillos y cubiertos. Más allá, una fuente de madera con pan recién horneado; un bol con avena, miel y manzana; huevos revueltos de gallina feliz; pocillos con mermelada y jarras de té tibio con miel.

–Ya, comamos que tengo hambre– dice la machi.

Hoy lunes no tiene apuro: es día de trabajo en la huerta y no de pacientes. Para ellos son los martes, miércoles y viernes, que quedan bloqueados para cualquier otra tarea en el centro, donde cuesta conseguir una hora. El boca a boca ha hecho que lleguen a atenderse con ella pacientes con cuadros complejos: depresiones, cáncer, incluso personas con ELA. Su trabajo como machi, explica, parte por escuchar atentamente la historia de cada uno.

La sala de espera de los pacientes es el enorme salón que está ubicado al costado de la cocina y que está decorado con asientos cubiertos con pieles de oveja, bancas con cojines de lana. “A mí me gusta todo así: limpio, bonito, bien hecho y bien decorado. Porque si alguien está enfermo, ¿por qué tiene que ir a un lugar feo a atenderse, si lo que le está pasando ya es duro?”, dice la machi antes de calar un poco de mate. En la sala, a la vista, hay un armario de cristal repleto de frascos y pequeños saquitos de papel que dicen lahuén de machi: son mezclas que prepara ella misma con triwe (laurel), foye (canelo), ruda, romero, hierbas mapuches que recolecta y activa con cantos, donde les cuenta a las plantas que las arranca de la tierra porque necesita su fuerza para sanar a otros.

Más allá, detrás de una puerta que lleva hacia un pasillo, están las salas donde hace los diagnósticos. “En la primera sesión escucho, pero desde que veo a una persona, sé lo que tiene. Eso es tan visible: se lee en el kütral, el fuego de las personas”.


La flor de la consuelda y las hojas del diente de león son algunas de las hierbas más preciadas para la machi. “En el mundo occidental las consideran maleza, cuando son la mejor medicina, incluso para el cáncer”, dice.

¿Y cómo lo lees? ¿En la mirada?
Sí. Los ojos te hablan. Uno hace como una radiografía. En dos segundos le miras el color de piel, las piernas, las manos. Le miras todo, hasta la ropa, porque hasta eso te muestra cómo anda la persona: dónde está su base, su desequilibrio, dónde está su miedo. En el ser humano, nada es casual.

NIÑA DE GUILLATÚN

Aunque viste a la usanza de una machi, Paola Aroca Cayunao está lejos de ser una sanadora mapuche tradicional como lo fue su abuela materna. Y es que desde temprano su vida siguió un rumbo muy distinto al de una típica machi. De partida, no nació en una comunidad mapuche, sino que en Santiago. Su madre pasó a ser una warriache –una mapuche de ciudad–, cuando dejó Allipén, en las cercanías de Freire, y se instaló en la capital. Allí comenzó una nueva vida con el señor Aroca, un comerciante de esfuerzo que tenía un almacén en Colina, con quien tuvo dos hijas. Paola fue la menor. De esos tiempos de niñez, la machi Paola guarda buenos recuerdos. “Yo siempre fui una niña alegre. Nunca sentí diferencias. Crecí pensando que era igual a todos. Que en todas las casas comían pancutras (pantrucas) y llegaban encomiendas con cordero, con charqui. Que todos vivían comiendo churrasca, sopaipillas, tomando muday, escuchando hablar del multrún o catuto. Esas eran mis comidas. Mucho después, de grande, me di cuenta de que no era tan chilena”.

¿Te sentías mapuche en el liceo o eras una niña más?
Era una más, pero ir a los guillatunes (ceremonias de rogativa) siempre fue mi prioridad. Fui una niña de guillatún: salía del colegio el 19 de diciembre y al otro día mi mamá me mandaba adonde mi tío, que vivía en el sur. Allá pasaba de diciembre a abril. Él tenía un camioncito donde poníamos colchones: como lo invitaban de distintas comunidades, pasábamos semanas arriba del camión para ir de un guillatún a otro.

De vuelta en Santiago sus pasatiempos cambiaban: se entretenía ayudando en la pastoral del liceo o en la parroquia del barrio. “Siempre tuve incorporado el tema de la solidaridad. Cuando se salía el río en Colina, mucha gente tenía que irse a los albergues. Suspendían las clases y mi papá nos hacía levantarnos temprano para que fuéramos a ayudar: nos mandaba con sacos de mercadería de su negocio. A mí me encantaba todo eso”.

Cuando tenía 13 años, le pidió a su papá que la cambiara de liceo. Fue ella quien sugirió a cuál, después de ver a un par de niñas en la micro que llevaban un uniforme bonito. “Me parecieron tan choras, que les pregunté a qué colegio iban, porque yo quería ir al mismo. Además, me había dado cuenta de que si seguía en Colina mi vida iba a ser tan chiquitita como el pueblo”. Así se transformó en alumna del Liceo Paulina von Mallinckrodt, en Bellavista, donde al poco tiempo se le instaló una idea en la cabeza: ser monja. La vida de beata la desechó en tercero medio, cuando la echaron de la pastoral por pelearse con las monjas. El nuevo objetivo, entonces, sería entrar a la universidad y estudiar Teología o Trabajo Social. Así se lo anunció a su papá una noche. “Me dijo: ‘¿Para qué vas a ir a la universidad? Eso es para los ricos’”, recuerda la machi. “Mi mamá escuchó, agachó la cabeza y se fue a la cocina. Yo me quedé haciendo pucheros. Pero después ella me agarró y me dijo: ‘Mire hija, vaya, haga todo lo que tenga que hacer y no le diga nada a su papá. Vea dónde va a estudiar, dé la prueba y cuando esté todo listo, conversamos”.


A sus pacientes la machi Paola les receta lahuén de machi: mezlas de hierbas mapuches que ella misma recoleta y activa con cantos, donde les cuenta a las plantas que las arranca de la tierra porque necesita su fuerza para sanar a otros.

Paola partió a recorrer facultades en micro. En la Utem se acercó a una estudiante de Trabajo Social para pedirle ayuda. “Ella me contó que el problema era que pasaban en paro, y yo no podía pasar 8 años en una carrera. En eso, la saludó una profe. Me pareció tan simpática: era media hippie, pero hippie chic. ‘Ella es una de las fuertes en la universidad’, me dijo esta chica. ‘Le pagan por pensar’. Y yo encontré tan atrayente eso: que valoren tu pensamiento. Ahí me contó que también hacía clases en la universidad Blas Cañas (hoy Universidad Católica Silva Henríquez) donde el staff de profesores eran intelectuales retornados de Francia que venían con una cabeza más abierta que la boca de un perro bostezando. Ahí dije: ese es mi lugar”.

¿Qué cosas marcaron tu paso por la universidad?
A esas alturas, yo ya me había dado cuenta de que era distinta, pero en la universidad tomé conciencia de esa diferencia. Sobre todo en el ramo Antropología Cultural. ¡Me impactó tanto! ¡El profesor hablaba de lo que yo vivía! De que vivía en dos mundos, del cruce entre las dos culturas, del sincretismo. Cuando empezaba que el sincretismo en el mundo mapuche se daba en los funerales, yo levantaba la mano y daba un ejemplo. O decía “pero y nosotros en la comunidad…”. Y ahí capté que empecé a hablar de “nosotros”. Y ahí mis compañeros empezaron a captar que yo era mapuche y me empezaron a tratar como mapuche.

¿Por qué “a tratar como mapuche”?
Porque se me acercaban y me preguntaban “oye, y ustedes los mapuches…”. Pero hubo una cosa que me marcó mucho y creo que ahí me puse más weichafe (guerrera). Un día estaba en la sala, entró uno de mis compañeros y me dijo “ven, te necesitamos afuera”. Entre ocho me levantaron la polera para verme los brazos y dijeron “viste que no todos los mapuches son lampiños”. Ellos erraron en algo: yo no soy mapuche pura, yo soy champurria (mezcla). Pero en el modo de hacerlo me pasaron a llevar. Y ahí me hice consciente de muchas cosas que antes las tomaba como algo normal. Y, cuando despiertas, empiezas a mirar para atrás y empiezas a darte cuenta de que, que ese profe en el liceo de Colina haya estado mirando cuando todos los cabros chicos te tiraron a la pared y te dijeron “india Cayunao, Cayunao, Cayunao” y no haya hecho nada, no era normal. Cuando creces vas captando esas cosas. Por ejemplo, una vez, ya grande, en un viaje me picó un bicho y a la vuelta fui al doctor. Era un tipo súper simpático. Iba todo súper bien, hasta que me dijo “oye, chiquilla, qué increíble que seas tan bonita, inteligente y que no se te note que eres mapuche”. Esa cuestión pucha que me dolió. Porque uno podría decir “qué bueno que me dijeron que era linda e inteligente”. Pero ahí empecé a captar que hay tantas frases tontas con las que en realidad te están discriminando.

MUJER MEDICINA EN ZÚRICH

Cuando terminó la universidad, Paola empezó a vincularse con el mundo mapuche urbano, como voluntaria en una ONG que capacitaba a warriaches de Peñalolén. Su trabajo consistía en conseguir computadores y comprometer a que mapuches universitarios dedicaran algunas horas a enseñar computación a otros pares de su etnia. “Si los ayudábamos a pulirse, estábamos seguros de que podrían conseguir mejores trabajos que ser camareros o nana”, dice. Así Aroca Cayunao fue conociendo a otros mapuches y empezó a participar en guillatunes santiaguinos. Al poco tiempo la nombraron presidenta de Katrawain, uno de los grupos de ayuda en Peñalolén. Fue allí donde un día recibió una carta: la invitación para asistir a un seminario de pueblos amenazados en Valencia, España. El viaje de 15 días se transformó en uno de 4 meses, porque una vez allá, comenzaron a invitarla desde distintos rincones de Europa para que fuera a dar conferencias.


Para sustentar económicamente el centro de medicina mapuche Kalfvgen, en el mismo terreno la machi Paola construyó cuatro cabañas que arrienda a turistas por 50 mil pesos la noche. Allí también construyó una ruca donde está el kuxalwe, el lugar de encuentro donde, en torno al fuego, realiza ceremonias.

De España saltó a Alemania, de Luxemburgo a Francia. “Y ahí me terminé de valorar, porque allá todos querían saber de los mapuches. Pero también me di cuenta rápidamente de que me iba a frustrar mucho si me quedaba en Chile, porque tratábamos de hacer cosas para las que no había fondos y corría mucho el pituto. Además, empecé a captar que igual hay un lado más duro del mundo mapuche que discrimina a los que son champurrias (mestizos) de los que son mapuches puros. Y entonces vas captando que es más de lo mismo. Por eso, creo que mi vida se abrió en Europa en el momento preciso. Si me hubiese quedado acá, hubiese terminado súper militarizada, porque la frustración de los mapuches en Chile es súper grande”.

Fue en Francia donde en el marco de una charla conoció a Patrick Reolon un estudiante de Ecología, hijo de un ejecutivo de la banca suiza. Como su madre era española, hablaba perfecto el castellano. Se casaron en Chile, sin ceremonia mapuche de por medio. El primer tiempo de casados lo pasaron en Colina. Arrendaban una casa cerca de la familia de Paola, quien entró a trabajar al Sernam, donde apoyó investigaciones sobre violencia intrafamiliar y la incorporación de la mujer al trabajo. Aprovechó, además, para hacer un diplomado de Género y Políticas Sociales en la Universidad de Chile. “Pero me di cuenta de que la cuestión no iba a caminar acá, porque como asistente social no iba a ganar bien. Entonces dije ‘de pan no voy a vivir, ni de agua ni de cebolla: hay que irse. Hagamos plata allá y después volvemos a Chile’”.

Llegaron a Zúrich en abril de 2000. “Al principio me costó, porque no hablaba el idioma, la gente era fría, la cultura era tan distinta. Había un culto a la perfección”, recuerda la machi. Para insertarse, lo primero que hizo fue trabajar como babysitter. Luego saltó a una residencia de ancianos, donde estaba a cargo de cuidados paliativos: acompañaba a la gente a morir sin dolor. Tras dos años ahí, consiguió el puesto que había soñado desde que llegó a vivir a Suiza: ser la encargada del programa de guarderías de una escuela privada, donde los padres dejaban a los hijos después de clases, a falta de una niñera que los cuidara en la casa. Ganaba 12 mil francos al mes.

En eso estaba cuando, un día cualquiera de 2006, al regresar de su trabajo, Paola entró a su casa, se sentó en el comedor y se puso a llorar desconsoladamente. Lo mismo ocurrió al otro día y al siguiente. “Al principio era manejable, porque era pena nomás. Pero la pena me fue enfermando. Me dolían la cara, las rodillas, los huesos. De repente iba caminando y sentía el movimiento de la tierra, un latido que nadie más sentía. Hubo momentos donde yo no sabía qué hacer, cómo caminar con esta situación. Fue Patrick quien me dijo que viajara Chile para ver a una machi, porque era la única forma de sanar mi espíritu”, recuerda.

Paola tomó un avión a Chile siguiendo una sospecha. Apenas aterrizó, partió a Allipén, la localidad donde había pasado sus veranos cuando niña. Visitó a tres sanadores antes de llegar al machi Abraham. Fue él quien le dio la noticia. Pero no a ella, sino que a su mamá. Paola lo recuerda, porque estaba sentada a su lado. “El machi le dijo ‘cuénteme’. Mi mamá empezó a contarle sobre sus enfermedades. Él la interrumpió y le dijo: ‘No. Cuénteme cuál es su problema de aceptar que su hija ya es machi’”.

Al escuchar sus palabras, Paola Aroca Cayunao sintió que le caía un balde de agua fría. “Se me nubló todo. Lo único que recuerdo fue que cuando abrí los ojos vi a mi mamá llorando. Y me dio tanta tristeza. Ella no quería que este fuera mi destino”.

¿Y por qué tu mamá no quería que fueras machi?
Porque uno renuncia a su vida. Dejas de ser tú para siempre Renuncias a ti, porque te entregas a trabajar para sanar a los demás. Y eso es complejo porque de un día para otro tu vida se quiebra: todo lo que tenías armado, se desarma. Yo siempre había abrazado una estructura tradicional: quería tener un marido, hijos, una casita. Ese era mi tema. Y no pude. Porque me demoré en tener hijos y en eso me equivoqué, porque en general todas las machis que tienen hijos los han tenido antes de enterarse de que son machi.

¿No había otra salida que seguir el camino de machi?
Eso fue lo primero que le pregunté al machi Abraham: cuál era la posibilidad de decir que no. Y me dijo: “Mire, las enfermedades se tratan de equilibrio y desequilibrio. Usted ahora está en el desequilibrio, porque no está haciendo su tarea. Y si no acepta su destino de machi, se va a quedar como está”. Por eso una machi solo se entera de que es machi cuando se enferma.

Tras recibir la noticia, Paola se quedó tres meses en el sur de Chile para formarse con el machi Abraham, quien en largas conversaciones fue respondiendo sus dudas.

¿Cuándo te sentiste preparada para ser machi?
Nunca. Yo le decía: “Machi Abraham, ¿Cómo voy a ser machi, si no he tenido la formación que ha tenido usted: a mí nadie me ha enseñado a hacer guillatún, oraciones ni a cantar”. Y él me decía: “Va a ser tu gente, tus pacientes, los que sabrán reconocerte. Porque no eres machi de comunidad y no lo vas a ser nunca. Tú vas a hacer una comunidad distinta”.

Pasados esos tres meses, Paola regresó a Suiza. Allá lo primero que hizo fue separarse. También decidió que viajaría a Chile cada 6 meses, para crear un centro de medicina mapuche.

¿Cómo les explicaste a tus jefes en Suiza lo que te sucedía?
Cuando dije que iba a renunciar al trabajo, llamaron a una reunión y me preguntaron por qué me quería ir. Les dije la verdad: yo vengo de una cultura indígena, mi abuela era chamán, yo heredé eso y tengo que volver a mi tierra a asumir mi responsabilidad. No tengo otra posibilidad. Entonces me dijeron: “Señora Aroca, ¿qué sería lo ideal para usted?”. Yo dije: “Quedarme en el cargo que tengo, estar primavera y verano en Chile, primavera y verano en Suiza, y así juntar el dinero para construir un centro de medicina mapuche”. Hablaron entre ellos y después de decirme que era un orgullo tener a una mujer-medicina, me dijeron “¿Estaría conforme de viajar a su país seis meses y una semana antes de volver nos llama y nosotros la re localizamos?”. Y yo dije: “Bueno ya”.

Tras cuatro años de ir y venir, en enero de 2010 la machi Paola inauguró su centro de sanación. Lo llamó Kalfvgen, en mapudungún espíritu protector azul, “en honor al color del cielo: la tierra de arriba, de los ancestros, de donde viene nuestra sabiduría”, dice.

EL DOLOR DE LA GENTE

En Kalfvgen ya son las 11 de la mañana y la machi quiere ir a la huerta a cosechar arvejas para el almuerzo. Pero antes se da una vuelta por el bosque que queda a los pies de las cabañas. Camina por un sendero de tierra húmeda, donde sortea pataguas, melis, copihues, cipreses y helechos. También consuelda, una flor mitad fucsia, mitad morada, con forma de campana. “Cuando una persona viene muy bloqueada o con mucho dolor en su vibración, nosotros hacemos frotación con esto y le cantamos al espíritu”, explica.


Terminadas las ceremonias en el kuxalwe, la machi (a la derecha) suele quedarse en torno al fuego compartiendo un mate.

Para el mundo mapuche, ¿qué simboliza una enfermedad?
Desequilibrio. Es la noticia de que algo hay que soltar. Porque aquí no es como en el mundo occidental donde uno dice “se enfermó, chuta, es una tragedia”. En nuestro mundo la enfermedad te hace decir “chuta, en qué la estoy embarrando”. La enfermedad es una pregunta constante.

Cuando la gente llega a contarte sus problemas, ¿te habla de un dolor físico o de algo espiritual?
Llegan diciéndome: “Machi, me está yendo como las peras”. Es que así te habla la gente: habla como habla.

¿Qué es lo que más está enfermando a la gente en Chile?
La plata. El dinero es tanta materia, que provoca algo, una energía en el ser humano que hasta las personas más nobles y firmes, se pierden por él. Eso pasa hasta en las familias más sencillas, donde ante la mísera cosa a repartir queda la escoba. El dinero va perturbando y creando inseguridad, porque pone en el mundo de los deseos. Y cuando tienes muchos deseos, ya no puedes verte a ti misma: estás todo el tiempo deseando lo que no tienes y con eso no vives en el presente. Pero cuando uno siente dolores grandes y sufre pérdidas o  enfermedades, deja de querer y empieza a agradecer.

¿Cómo le explicas esto a un paciente?
Como te lo estoy explicando ahora. Por ejemplo le digo “¿Para qué se pone tan nerviosa? ¿Qué es lo que le podría pasar?”. Porque ese es el primero miedo: qué podría pasar. Y hay que despejar esa parte. Ahí la gente empieza a captar que se hace problemas por miedos: se adelantan al dolor sin que siquiera exista.

¿Cuál es el cambio que experimentan tus pacientes?
Lo físico se puede trabajar con hierbas, pero lo más importante es transformar la visión de las personas: yo sé transformar la fuerza que hay en ellas. Activar eso que tienen dormido y conectarlas con su parte espiritual.

¿Crees que a la generación de hoy le ha tocado vivir un tiempo especialmente difícil?
Sí, porque está habiendo un cambio en la vibración de la tierra. Hay una estructura que manda y que es muy clara, pero que no coincide con lo que las personas quieren espiritualmente. El problema es que la gente quiere que todo se lo resuelvan rápido y pagando, porque es así el sistema: “¿Tiene estrés? Entonces tómese esta pastillita”, cuando la cosa se trata de que la gente entre en sí misma. En la vida occidental la gente cambia de roles, pero no hay integración del mundo espiritual. Y eso es un error, porque, por lo menos para los mapuches, la vida es espiritual. Vas a tomar agua y sabes que ahí está la abuela y el abuelo agua que te van a sanar.·

Fuente: http://www.paula.cl/reportaje/el-otro-camino-de-una-machi/

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