Amar el Misterio

Editorial de la revista “Biodiversidad, sustento y culturas”.

La fotografía de la tapa nos muestra a un campesino quechua de los Andes peruanos besando con gran respeto una mazorca de maíz. Esto ocurre en Cuzco durante el Watunakuy que, como nos cuenta el fotógrafo Marcelo Arriola, “es un encuentro sagrado para honrar y agradecer a las deidades y a la diversidad de las semillas que permiten la vida en la madre tierra. La gente acompaña con respeto, emoción, cariño, paciencia y amor a las semillas, llevándolas en un peregrinaje desde la comunidad de Queromarca hacia la comunidad de Raqchi donde se halla el templo incaico de Wiracocha”, promoviendo la regeneración de la vida en sus “múltiples manifestaciones”. Después del despliegue tecnocrático de la Convención 21 sobre Cambio Climático en París, este afán de cuidados milenarios les debe parecer muy lejano a los funcionarios y los técnicos.

Qué extraño debe parecerles a los trajeados científicos que resolverán el futuro de nuestra humanidad con sus cálculos y formulaciones esta modestia y estos cariños. Porque de la tecno-ciencia es “la certeza”, la “verdad” nanométrica o cristalizada, la verdad convertida a una cuantificación de lo empírico que homologa, empareja, ordena y produce “objetos idénticos”, sóluciones idénticas que sirvan como fórmulas generales, cuando que los entornos complejos de la vida real, no necesariamente obedecen las reglas más o menos calibradas de los laboratorios.

“Los campesinos trabajan con lo que nunca es totalmente predecible, con lo emergente”, dice John Berger. Los campesinos entienden muy bien sus propias dimensiones y alcances, y como tal, saben que siempre tienen que lidiar con algo “mucho más allá de ellos”, con algo“mucho mayor que ellos”. Sobre todo, saben que, aun siendo mayor que ellos, aun cuando los rebase, en realidad ellos mismos “están inmersos en ese proceso que buscan entender”. Y esto es lo crucial. La enajenación de la ciencia moderna comienza por suponer que su reflexión y su propia manipulación están fuera de los procesos. Que pueden situarse en una torre de control desde donde la mugre no hiede y la incertidumbre no pesa.

La vertiginosa medida de la tecno-ciencia contemporánea es sólo posible por la empavorecida arrogancia de pretender desterrar todos los misterios, cerrando la puerta a todo lo que no se entiende. Por eso disponen, norman, determinan, diseñan y dictaminan que todos los cambios que el mundo puede tener (imaginen el tamaño del disparate) deben provenir de su propia computadora, de su propia manera de ver las situaciones decidiendo los pasos y métodos a seguir. Ésos son, y así funcionan, los grupos de expertos que definen que 1.5º C será lo aceptable para un futuro, que son las tecnologías extremas como la geoingeniería, las capturas industriales de carbono, lo que funcionará mediante empresarios de la economía de la compensación y el malabarismo financiero en “mecanismos de desarrollo limpio”.

En cambio, en su integralidad, en su modestia, la visión campesina retornará siempre a lo asequible. No buscan desterrar lo invisible, sino arroparlo. ”Los campesinos no creen que el progreso reduzca las fronteras de los desconocido”, dice Berger, “porque no aceptan el diagrama estratégico que implica tal aseveración. En su experiencia lo desconocido es constante y central: el conocimiento lo rodea pero nunca lo eliminará”.

Asumiendo plenamente el misterio, los pueblos originarios, herederos de tradiciones campesinas del cuidado, arroparán el mundo como un cuerpo vital, al que hay que cuidar porque es nuestro propio cuerpo distendido hasta los resquicios más recónditos del universo. Y esos cuidados, tarde o temprano, curarán la vida.

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