MISTERIOS DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

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La concepción cristiana de una alma unitaria impidió que los frailes entendieran que los nahuas atribuían a cada individuo varias entidades anímicas, y que a cada una de ellas correspondía un destino diferente después de la muerte.
Para los antiguos nahuas la muerte significaba la desagregación y la dispersión de los componentes del ser humano.
El hombre era un ser complejo: está formado por la materia pesada de su cuerpo y contaba con varias entidades anímicas invisibles y ligeras. Estas últimas le otorgaban naturaleza humana, individualidad, facultades sensoriales y de movilidad, sentimientos, impulsos, capacidad intelectual, y lo vinculaban con una divinidad protectora. Sus principales entidades anímicas eran el teyolía, el tonalli y el ihíyotl.
El teyolía, ubicado en el corazón, radicaban su esencia humana, su vida, lo más importante de sus facultades mentales y su pertenencia a un grupo de parentesco: al morir el individuo, el teyolía viajaba a uno de los lugares destinados a los muertos. El tonalli, ligado a la individualidad y al destino personal, reposaba sobre la tierra tras la muerte, y generalmente era guardado por los familiares del difunto en una caja que contenía sus cenizas y dos mechones de cabellos. Por último, el ihíyotl, motor de las pasiones, se dispersaba en la superficie terrestre y podía convertirse en seres fantasmales o en enfermedades (yohual-ehécatl o “viento nocturno”).
IMÁGENES: A. Posible representación del momento en que se disgregan los componentes del ser humano: el tonalli sale de la cabeza como una serpiente; el teyolía, del pecho, como el Dios del Viento; el ihíyotl, del vientre, como una serpiente, y la materia pesada, como el cráneo y la columna vertebral caen hacia atrás. B y C. Algunos autores hacen hincapié en la paradójica concepción de la muerte como generadora de vida. A. Una divinidad de la muerte interviene en la concepción. B. Una divinidad de la muerte corta el cordón umbilical. Códice Laud, paginas 44, 30 y 27.

Esta publicación es un fragmento del artículo “Misterios de la vida y de la muerte”, del autor Alfredo López Austin, y se publicó íntegramente en la edición regular de Arqueología Mexicana, núm. 40, titulada La muerte en el México prehispánico

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