Rember Yahuarcani: “El norte debe ser la memoria de nuestros abuelos”

Por Marco Ramírez Colombier

Con veinte exposiciones individuales en el Perú y el extranjero y tres libros publicados, Rember Yahuarcani López (comunidad nativa de Ancón Colonia, Loreto, 1986) es uno de los artistas y escritores indígenas contemporáneos más renombrados.

Aprendió a pintar gracias a su padre, Santiago, y se identifica como miembro de la Nación Uitota, del Clan Áimen (garza blanca), por herencia de su abuela paterna.

Acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Lima la nueva edición de “El sueño de Buinaima” (AECID, 2015), texto ilustrado para niños que recoge mitos uitotos.

Además, durante el mes de julio expuso la muestra “Tabaco frío” en el Centro Colich de Barranco, con pinturas que exploran la filosofía indígena contenida en la memoria de los abuelos.

En la actualidad, investiga sobre el universo simbólico y la sabiduría ancestral de su pueblo, que guían su creación artística.

– Tú eres principalmente pintor. ¿Cómo comenzaste a escribir los mitos de tu pueblo?

Escuché estos cuentos desde muy joven. Uno de los primeros que recuerdo es el del Sol (Jitoma), que escuché de mi abuela. Hay otros. Por ejemplo: la creación del mundo, la creación de los alimentos, la creación de los ríos, cómo aparece el hombre en el mundo, los espíritus malos.

Cuando estudiaba en la secundaria leí “Don Quijote de la Mancha”, que relata una serie de historias sobre los caminos que recorre el Quijote. Cuando comparo ese texto, que se supone lo mejor en lengua castellana, con los mitos de mi abuela, siento que lo nuestro es igual de rico. Hay un montón de personajes buenos, solo falta alguien que los pueda escribir.

Un día conocí a la antropóloga Luisa Elvira Belaúnde y le mostré unos textos. Justo había un concurso de literatura infantil ilustrada del CEDILI-IBBY y la Embajada de España. Me dijo que eran muy buenos y, si quería, podía revisarlos para mandarlos a ver qué pasa. Lo dejamos con las pinturas en el Centro Cultural de España y me llamaron, me dijeron que había ganado el premio. Yo no pensaba sacar un libro.

– ¿Has reescrito los mitos que conforman este libro o son reproducciones de las versiones que escuchabas?

Mantienen la parte más original, pero si yo escucho a mi abuela contar un mito y escucho a mi papá contar el mismo mito, el relato no es igual. Cambia tremendamente en tres generaciones. Más si lo llevas a la escritura, se pierden muchas cosas. Se trata de mantener la originalidad en todo lo posible, pero no están escritos como si fueran contados oralmente.

– ¿Cuál es el efecto de transponer los mitos de la tradición oral a un libro escrito?

De hecho, se pierde mucho. Aunque también creo que la cultura tiene que transformarse, pero eso llegará en el momento en que el pueblo, los residentes, decidan que es necesaria la transformación, para que la cultura siga sobreviviendo o pueda ser transmitida.

Vivimos tiempos de múltiples herramientas de información que permiten llevar la tradición oral a otros soportes. El nuevo libro que vamos a sacar con mi papá se llama “El verano y la lluvia”, es una transcripción de una grabación de mi abuela. Está el mito en minika, que es el idioma nuestro, en la traducción al castellano de mi papá, y en inglés.

Cuando cuentan los abuelos hay una fuerza, un tiempo… lo que se llama ahora etnopoesía trata de mantener el sentido de la palabra del abuelo, el tiempo que le da, la pausa… Este tercer libro busca rescatar eso.

– ¿Cómo enfrentas la responsabilidad de pasar toda esa vasta sabiduría a un registro que pueda llevarla a públicos más amplios?

Durante mucho tiempo hubo esfuerzos de los académicos por intentar comunicar, traducir el mundo indígena. Pero no fue lo más acertado, muchas veces ha sido con demasiados errores. Creo que es el momento de que el indígena pueda explicar las cosas de forma directa, y qué mejor que un indígena para explicar su mundo.

De hecho, hay una gran responsabilidad, primero con los abuelos. Porque la idea es que uno, a temprana edad, logre comprender toda esta filosofía que no apareció hace diez, ni cien años, sino que viene de muchísimo tiempo atrás.

Hay cosas que recién logré entender a los 25 o 28 años. Pero además de la responsabilidad, en este trabajo también hay satisfacción y alto grado de compromiso. Porque uno está haciendo un trabajo que no está haciendo todo el mundo, transformando cosas, rompiendo barreras.

Portada de "El sueño de Buinaima". Foto: AECID.

Ser artista, ser indígena

– ¿Hay una contraposición entre la pertenencia a un pueblo con un gran bagaje cultural y el trabajo individual del artista? ¿En algún momento has sentido la necesidad de alejarte de tu tradición cultural?

Definitivamente, no. Mi pintura, si bien no es realizada por comuneros, nace en el centro de una nación indígena. Por todos lados que la veas, por todos los brochazos y pinceladas que hay, es nacida de algo muy propio.

No hay una necesidad de alejarse, sino más bien de entender mejor las cosas, sumergirse más. Nosotros, los indígenas, lo menos que debemos hacer es estar mirando a Occidente. Nuestro norte debe ser la memoria de los abuelos.

Yo no pertenezco a esta parte. La vivo, la disfruto y la comprendo, pero mi mundo es allá, yo nací y crecí allá. Cuando regreso a Pevas voy a hacer la chacra, voy a pensar. Es la clara evidencia de que ese es mi mundo; por más que mi trabajo sea el arte, no es mi mundo. Lo tomo como un trabajo, como mi oficio.

Yo a la cultura occidental ya la conozco, la comprendo, la vivo todos los días. He leído cientos de libros y esa cultura no ha podido responder las tres grandes preguntas de la humanidad: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Los mitos indígenas son las respuestas. Creo que el mundo indígena va a dar un respiro al arte contemporáneo – no olvidemos que cada cierto tiempo se renueva, a veces desde las cosmovisiones indígenas.

Por ejemplo, cuando Picasso pintó “Las señoritas de Avignon” (1907), se inspiró en las máscaras de los indígenas africanos. En estos momentos vivimos arte hecho por indígenas, en un tiempo vamos a ver –quizá– muchos más indígenas pintando, pero también representando nuevas visiones, nuevas narrativas.

Rember Yahuarcani, sin título. Foto: gentileza del autor

– Entonces los pueblos indígenas, ¿de qué manera entienden el concepto de arte?

Eso es lo que estamos investigando con mi papá. Generalmente el arte es totalmente individual, de Occidente, de autor. Pero una cosa es el arte, otra es la pintura. Nosotros hemos estado relacionados con la pintura por mucho tiempo.

El indígena hace sus pinturas corporales, en una casa hace los diseños en las columnas, en la ropa, en todo. La pintura es una actividad que para nosotros siempre ha estado ahí desde hace muchísimo tiempo. Sin embargo, el arte es una cosa totalmente nueva para nosotros.

En una investigación que hice con mi papá buscamos cómo nosotros traducimos “arte”, una palabra que no existe en nuestro idioma. Es como preguntar cómo se dice ‘iPad’ o ‘celular’. Entonces, le dije a mi papá que debe haber un mito que narre, por ejemplo, cómo un hombre hizo alguna creación propia, intelectual, estética. Nosotros no tenemos libros ni enciclopedias, pero tenemos los mitos. Ahí están todas las explicaciones de las cosas.

Hay un mito que narra que el hombre es la semilla de la tierra. Entonces, a medianoche los hombres salieron del subsuelo. En ese grupo de personas hay dos líderes, Muinájega y Janánigi. Cuando ellos salieron, la tierra estaba poblada por los seres malos junto al Dios que los gobernaba, el tucán. Esta generación recorrió toda la tierra luchando contra los espíritus malos para poder establecer el bien.

Al final del mito, Janánigi hace dos esculturas, un hombre y una mujer, y las presenta en una gran fiesta. Allí explica cuál es su significado: primero, todo el proceso de lucha contra el mal; segundo, la representación de su generación; tercero, que ellos dominaron a la naturaleza pero no para que el hombre sea dueño sino para que haya equilibrio.

Allí está Janánigi, el primer artista uitoto. Tenemos dos obras de arte con sentido, forma, oficio, todas las características de una obra contemporánea. Entonces, ¿cómo traducimos “arte”? En el idioma uitoto rafue significa baile, pero también palabra, cuando quieres decir palabra de honor, que vale mucho. También significa conocimiento, sabiduría, objeto y mala suerte, según sea un contexto ritual, cotidiano o mitológico.

En el contexto filosófico, rafue es el proceso mediante el cual tu palabra se convierte en objeto, cómo lo inmaterial se vuelve material. Entonces, traducimos arte como rafue.

– En tu opinión, ¿es importante que la investigación sobre el mundo indígena sea realizada por los propios indígenas?

El indígena debería investigar su mundo, a partir del conocimiento que incorpora del mundo académico occidental, para poder emparejar las cosas. Porque los académicos están ocupados en otras cosas y nosotros tampoco hemos hecho mucho por nosotros mismos.

El mundo indígena puede ser entendido desde muchos otros campos, no solo la antropología, la historia o la etnografía, en los que nos han encasillado durante los últimos 50 u 80 años.

Creo que en este momento el mundo académico puede ser el fundamento que dé los conocimientos al mundo indígena para que puedan hacer las cosas. Es mucho más valioso, a mi parecer, que los indígenas estén adelante.

Fuente: http://servindi.org/actualidad/137618

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