La puerta mágica

Por Veronica Gagoven

Casi doscientas mujeres se juntaron en el patio de lo que hace un siglo fue un orfanato socialista para niñas. Estábamos alrededor de quienes oficiaban de maestras de ceremonias. El altar estaba servido: varios aguayos alfombraban el piso, invitaban a muchas a descalzarse y hacían creer que la tierra estaba inmediatamente debajo de esos colores brillantes. Había flores, se quemaron hojas de coca, y un perfume dulzón invadió el lugar. Todo con el murmullo sobrecogedor de una concentración de energía, de unas palabras mágicas que calientan el corazón, de una preparación para un día de fiesta.

Ellas, las que organizaban el primer anillo de la ronda, son parteras. Fueron convocadas por el Colectivo Editorial Madreselva. Mujeres familiarizadas con “la puerta mágica”, dicen riendo. “¿Saben lo que significa bruja?”, pregunta Vivian Camacho, nacida en Cochabamba, médica cirujana especializada en Bélgica. “Viene de la palabra neerlandesa ‘brug’: quiere decir ‘puente’. Esta ceremonia va por todas aquellas que murieron en las llamas por sus poderes fronterizos, por ser puentes entre la vida y la muerte, por ser expertas en ritos de pasaje. También por las que queremos para todxs todo, y porque para nosotras no es ajena ninguna injusticia del mundo.” La generosidad del discurso zapatista se cose con la cita velada del Che y el encuentro arranca.

FRIDA

En la villa 1.11.14 del Bajo Flores, esas prácticas y conocimientos autónomos son los que permiten denunciar el racismo hospitalario y la discriminación institucional, pero también recuperar la confianza en la red de vecinas y amigas que de boca en boca proveen recursos y ahuyentan juntas el miedo. “Nosotras mantenemos vivos nuestros saberes que hacen que la villa sea un territorio donde laten muchas cosas, un territorio vivo”, dice Frida Rojas, cochabambina que vive hace más de dos décadas en el Bajo Flores. Frida desde pequeña fue elegida por la partera de su barrio en Bolivia para que la asista y así se convirtió en una joven aprendiz. Ahora, todos en la villa 1.11.14 saben de doña Frida, porque su nombre circula a la hora de asistir a las niñas embarazadas o a una mujer que casi roza los cincuenta y le llegó un cuarto hijo que no esperaba.

“Nosotras nos fuimos haciendo conocidas porque peleamos. Hace algunos años cuando íbamos con nuestros aguayos por la ciudad nos miraban muy mal. Ni qué decir del hospital, que cuando envolvíamos a nuestros niñxs las enfermeras nos decían: ‘¡lo va a ahogar, lo va a matar!’” Hoy el aguayo estampa carteras, zapatillas y polleras (se consigue harto en Palermo, bromean por ahí), pero en los hospitales todavía despierta recelos.

“¿Por qué se les ocurre parir en día de fiesta?”, le dicen los médicos de guardia del Hospital Piñero a Celia, otra vecina boliviana del Bajo Flores, cuando llega en las vísperas de Navidad con su hija y fortísimas contracciones. La espera se hace infinita. Ellas mismas se ponen a trabajar. “Se salvó porque empezamos a gritar y porque después yo entraba a escondidas caldos que preparamos nosotras, especiales para las parturientas”, cuenta. “Nosotras ya sabíamos que a otra vecina del barrio cuando se le murió su hijo en el vientre le dijeron ‘no te hagas problema que vos el año que viene estás de nuevo acá pariendo’.” Ya son vox populi las acusaciones de parir como animales que los profesionales les dedican a las mujeres migrantes cuando se acuclillan o se meten en el baño para parir tranquilas. Muchas van al hospital para obtener su documento. Muchas otras ya se animan a hacerlo en el barrio. “Son nuestras rebeldías como mujeres las que nos dan fuerza para parir como queremos, sin la energía negativa que implica recibir esas miradas y palabras de desprecio por portación de piel”, dice Frida.

Esa sabiduría también penetra en algunas instituciones y grupos de profesionales y los convoca a modificar las cosas. Por eso, buena parte del auditorio de este encuentro en La Casona de Flores eran médicas y médicos de hospitales públicos. Sin embargo, la ridiculización como modo de reaccionar frente al desconcierto está siempre a la mano. Liza cuenta la cara de sorpresa del obstetra y de las enfermeras cuando pidió llevarse su placenta. Nunca había pasado en esa clínica y finalmente el médico autorizó. “¿Tenés cómo llevártela?”, atinó a preguntar aun descolocado. Liza dijo que sí mientras escuchaba el runrún de las enfermeras, que decían que seguro querría usarla para hacer cremas. “Ni se imaginan –dice Frida– que nosotros las enterramos porque son una nutrición fundamental para la tierra y porque es una forma de reciprocidad.” En Buenos Aires, en el Parque Avellaneda, donde hay un espacio sagrado de distintos colectivos de pueblos originarios, hay decenas de ellas enterradas como ofrendas. Y allí, la tierra agradecida.

La ley de parto humanizado promulgada en 2004 no es mágica, pero para Frida y las mujeres del Bajo Flores ha sido una herramienta para aprovechar. “Hicimos muchas fotocopias y ahí vamos pues al hospital con la fotocopia. Es importante, especialmente para las paisanas que no se animan a hablar o se inhiben cuando el doctor les habla duro, ahí nomás sacan la fotocopia. Las jovencitas están más cancheras, ya hicieron propia nuestra lucha.”

Frida es también experta en un saber ancestral llamado “manteo”, para lo cual siempre tiene su aguayo listo. Se trata de una técnica poderosa de movimientos y masajes que logra dar vuelta a los bebés que están mal ubicados cuando se acerca la hora del parto. “En el barrio lo hago muchísimo. Especialmente vienen las mujeres que en el hospital ya les programaron cesárea porque en las ecografías las guaguas están dadas vuelta. Así yo lo hago y luego los médicos ven la nueva ecografía y no lo pueden creer. Pero ellas no les dicen del manteo. Es nuestro secreto”, avisa de nuevo riendo.

ROSSINA

“El parto es una ceremonia tan poderosa que no podemos dejar de ir con nuestros muertos”, así empieza Rossina Torterolo, clínica obstétrica de la Escuela de Parteras de la Universidad de la República del Uruguay y del colectivo Nacer Mejor. “No es común hablar de la muerte cuando se habla de los nacimientos y ése es un problema porque están fuertemente ligadas”, dice esta obstetra uruguaya que se presenta como militante de las capacidades y derechos de las mujeres, hija, madre de un hijo/a no nacido, sanadora, partera. “Poner el cuerpo en tránsito, eso es el parto, nos conecta con la vida y la muerte y eso hay que poder trabajarlo. Cuando nuestros muertos nos acompañan la vida toma un sentido más poderoso.” Como partera, aclara, cuando te piden acompañar un parto es necesario hablar de la muerte, porque ante la menor complicación todos los miedos y fantasmas se te vienen encima de la peor manera.

“Nosotras como equipo sacamos ese tema porque la responsabilidad es compartida. Claro que la institución te ofrece hacerse cargo de eso, para bien o para mal te quita el problema: ahí la responsabilidad es exterior. Nuestro punto es otro y convocamos desde otro lugar.”

Rossina insiste en que el momento de pasaje del parto es ése en el cual los primeros movimientos del bebé son ambiguos, los gestos e incluso la respiración no es del todo clara: está al borde de la vida. En esos momentos la propia madre ha sido transformada. Nace una mujer y muere otra. Son ceremonias de transformación que tienen una sabiduría propia de cómo lidiar y poner en relación la vida y la muerte, “por eso los partos son tan intensos energéticamente”. Además, “hay que tener en cuenta que el momento del parto es de mucho poder: tenemos entonces la intuición de nuestros cuerpos como cuerpos perfectos en su fuerza”.

Además de partos, ellas acompañan abortos –tan antiguos como los nacimientos–, porque es un tema que, incluso cuando se milita fervientemente a su favor, no logra ser pensado como un proceso de duelo que merece ser sanado. Dice Rossina: “Un aborto, parto prematuro, muerte del feto dentro de útero, en todos los casos es una ‘pérdida’, un duelo. La mujer, su pareja y familia pierden un hijo, nieto, hermano… Por lo tanto es preciso acompañar desde el amor, el respeto y el cuidado como en todo proceso reproductivo. Esta es una entrega y búsqueda cotidiana, pudiendo ser responsables y cuidadosos con el cuerpo y las emociones de otros”.

Tomarlo como una decisión propia y soberana no puede eludir ese cuidado y, menos aún, la ráfaga de emociones: “Muchas veces suponemos que va a ser como un trámite y que apenas pueda vuelvo a mi vida normal. Pero no es así, necesitamos respetar y darle tiempo a ese proceso de pérdida”. También es importante, aclara, hacerle lugar a ese proceso en las familias, tanto por los hijos que vendrán como por los hijos que se tienen y que viven estos procesos y los de su propia madre. ¿Pero hay diferencia entre un aborto deseado y uno no deseado para pensar estas cuestiones? “En realidad, creo que podemos hablar de aborto voluntario o espontáneo. Desde mi lugar como mujer y como partera no le veo diferencia, en ambos casos se ponen el cuerpo, las emociones, las expectativas, el dolor de lo que no podrá ser… Lo que sí creo es lo que cambia la experiencia, y que en muchos casos la hace más difícil, es la ‘culpa’ cultural, en caso de los abortos voluntarios por haberlo decidido y en el espontáneo por no haber sido ‘perfecta’ para gestar. Y se ve la muerte como algo culposo, sufriente y digno de lástima o vergüenzas, según el caso, entorno, familia y/o creencias.” Algunas mujeres contaron experiencias a viva voz sobre sus abortos, otras se acercaban a Rossina en los pasillos. Querían saber más sobre aquello de cómo convivir con nuestros muertos.

MONTSERRAT

“El modo en que nacemos nos hace obedientes”, dice Montserrat Catalán, también médica especialista en obstetricia, directora y fundadora de la casa de nacimientos Migjborn, de Barcelona. Por eso a la frase del famoso obstetra Michel Odent “cambiar la vida requiere cambiar la forma de nacer”, ella le agrega un contundente “y, viceversa”.

“Autonomía en el parto, nacimiento sin violencia, sí. Parto consciente, sí. Dejar que el cordón lata, sí. Pero todo ello tiene sentido en el marco de una vida llena de respeto, de autonomía y libertad, consciente y coherente (el discurso y la actitud), donde el corazón lata y el sentimiento se expanda en un mundo sin violencia, es decir, sin injusticia”, señala esta mujer de pelo blanco y una simpatía inmensa. Catalán aprovechó cruzar el océano y se embarcó en varias actividades por el interior del país, en Chile y en Uruguay. Editorial Madreselva acaba de publicar el libro Parir, nacer, crecer, donde, entre otrxs autorxs, esta madre y abuela narra los diez años de experiencia de la casa de nacimientos catalana.

“Hay una cuestión clasista con los nacimientos que no podemos dejar de pensar: ¿por qué algunas vidas se cuidan con mucho esmero, se les destina una buena porción del llamado gasto social, y otras no son tan importantes? ¿Depende de a qué estadística corresponden? Y más aún: ¿qué muertes se aceptan como inevitables y cuáles no?”, dice.

Montserrat evocó el libro Si me permiten hablar de la boliviana Domitila Chungara para referir a las palabras que necesitamos encontrar porque están en los cuerpos como memoria histórica: los saberes de cómo parir, dijo, se alojan en los cuerpos de nuestras mujeres, abuelas, madres o mujeres aún más ancestrales.

Esa memoria, dice, es una memoria sensible y lo fundamental es no anestesiarla. La casa de nacimientos ha cumplido una década y se ha convertido en una referencia y en un lugar de aprendizaje para muchxs.

Para Montserrat, sin embargo, esta tarea no puede pensarse por fuera de una reforma social más amplia y radical: “Educar actualmente es sinónimo de enseñar a no sentir. Educar supone un entrenamiento para que acepte la impotencia de que no se puede cambiar nada, para que a la cobardía y a la resignación ante hechos y situaciones claramente inhumanas se le llame conducta civilizada, y a la rebeldía, terrorismo, como hace poco tiempo se le llamaba comunismo. El sistema necesita un ‘demonio’ al que adjudicarle todas las culpas para liberarse de todos los males”.

Las preguntas se suceden, los comentarios y cuchilleos crecen. Se hace la hora del almuerzo y el pasilleo se incrementa. El patio de la ceremonia se transforma en un tapiz de picnis improvisados. La parrilla humea choripán, hamburguesas y bondiolas, también hay sandwichs vegetarianos.

Verónica Diz, la organizadora y miembro de la editorial Madreselva, es una anfitriona que, a la vez que cuida cada detalle, llama a la autoorganización. No hay arancel ni entrada. Sólo colaboraciones voluntarias en una piñata de colores.

VIVIAN

No entendía qué hacía trasplantando hígados en Bélgica. Su especialización la había llevado hasta allí pero Vivian Camacho se preguntó “¿cuándo voy a hacer yo trasplantes de hígado en Bolivia?” Se conectó con las parteras de aquel país y vio que eran respetadas y reconocidas y volvió a preguntarse: ¿esto sí es importante para nuestras mujeres en Bolivia y en Latinoamérica? Así que Vivian se empeñó en estudiar y aprender experiencias del parto donde el saber femenino tiene el rol protagónico.

Ahora, como en otras partes del mundo, pronuncia su ponencia vestida con la ropa de sus abuelas cochalas (pollera a la rodilla, blusa bordada, sombrero y trenzas y una chuspita de colores que cuelga): dice que así sana sus heridas, las de aquellas ancianas que padecieron la discriminación y el racismo. Vivian tiene el don de la palabra ágil y conmovedora, pero se ayuda con imágenes que proyecta en un powerpoint. Usa a cada rato la palabra científica, un poco para poner en conexión el lenguaje de los saberes ancestrales con el de un paradigma alternativo de la medicina que ella llama cuanticoholográfico, otro poco para señalar que la sabiduría femenina, la que se teje en comunidades de mujeres cuidadoras, no tiene nada que envidiarle (y sí mucho que pelearle) al conocimiento académico.

Vivian plantea desde el vamos la interculturalidad contrahegemónica. “Cuidado porque interculturalidad es una palabrita que les gusta a muchos, el FMI y otros organismos internacionales ya la han adoptado”, advierte. “Yo hablo de parteras como las mujeres mayas, que son por su rol también líderes políticas y espirituales: son las que ayudan a nacer a su pueblo, con todo lo que eso significa. Ellas, por ejemplo, me contaron que cuando están tristes no atienden partos: esa inteligencia del cuerpo es lo primero. Y esa tristeza es la que el sistema capitalista necesita para desarmar nuestro deseo de una vida digna. Cuando nos bajoneamos demasiado es porque le estamos dando nuestra fuerza al sistema. Cuando nos podemos decir que así tal cual somos y de donde venimos, valemos la pena, pues entonces nuestra vida cobra sentido.” Y esos saberes se vuelven dignos y políticamente potentes.

Muchas veces estos discursos son tomados como esotéricos o supersticiosos, como un modo banal de minorizarlos. Vivian arremete: “Las astrólogas y las parteras tienen mucho que ver porque entienden la conexión profunda entre fuerzas distintas. Interpretar esas energías es algo que se realiza desde hace miles de años, con un saber riguroso y profundo porque somos parte de ese campo de energía más amplio”.

Así Vivian sigue conversando y da la sensación de que podría hablar por horas. Tiene mucho que contar. Por ejemplo, cómo ha ido armando, tomando de aquí y de allá como científica y como joven sabia, su teoría de “la fuerza sanadora de nuestros vientres”: “Los embarazos son procesos de sanación de nuestras heridas del corazón y de nuestro lado femenino. Recuperar el saber propio es sanar el abandono social que a muchas nos lastimó”. Esa autogestión de los cuidados no es poesía ni medicina para pobres, es poder social.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-7507-2012-09-21.html

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