“LA BIBLIOTECA DE RODOLFO KUSCH ESTÁ A DISPOSICIÓN DE QUIEN QUIERA CONSULTARLA”

Por Alejo Luna – Tiempo Argentino

Pregunte por Elizabeth de Kusch, por la doctora. Yo soy abogada y en Maimará nos conocemos todos”, nos había anticipado la viuda del filósofo americanista Rodolfo Kusch (1922-1979), con quien llegó a esta pequeña ciudad de la Quebrada de Humahuaca –exiliados en su propio país– hace 37 años, dejando atrás una Buenos Aires asfixiante. Y tenía razón: apenas se pregunta en la plaza de Maimará, distante unos 80 kilómetros de San Salvador de Jujuy, por la casa de Kusch, cualquier parroquiano sabe indicar dónde está.

A punto de cumplir 79 años, Elizabeth Lanata de Kusch conserva una vitalidad envidiable y un inocultable entusiasmo por cumplir su tarea de conservar las carpetas, los apuntes, dibujos, libros, fotografías y objetos del original y polémico filósofo indigenista. Recién llegada de San Salvador de Bahía, Brasil, donde participó de un encuentro académico que relacionó el ideario de Kusch con el del abogado y geógrafo Milton Santos (1926 – 2001), abre las puertas de su sencilla casa de adobe para recibir a Tiempo Argentino. Es la misma que compraron en 1976 cuando llegaron con Kusch y sus dos pequeños hijos varones. “Conocí a Günther en el Colegio Nacional Roca de Belgrano. Yo daba Historia, Educación Democrática y a veces materias de Derecho como Legislación del Trabajo o Derecho Administrativo. Günther daba Lógica en ese momento y alguna vez llegó a dar Historia también. Nos conocimos tomando examen y ahí surgió la amistad”, recuerda Elizabeth mientras ingresamos a la sombría biblioteca que usaba Kusch. Los libros y carpetas se apilan en los estantes atiborrados de tallas en madera y piezas de barro cocido, vestigios de los innumerables trabajos de campo por la América andina en los que Kusch basó su profundo pensamiento. La vieja Remington negra está intacta sobre una mesa auxiliar.
Günther Rodolfo Kusch nació en Buenos Aires en 1922 en el seno de una familia alemana y murió en esa misma ciudad en 1979, a los 57 años. En 1948 egresó de la Universidad de Buenos Aires como profesor de Filosofía y desarrolló una larga carrera docente en la enseñanza media (25 años) y superior. Fue profesor de Historia de la Cultura y Estética en la Escuela Superior de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y dictó clases en las universidades nacionales de Buenos Aires, Cuyo y Salta (donde dirigió el Departamento de Filosofía) y en diversos centros académicos de Bolivia, Perú y México. Autor de más de 70 artículos y obras filosóficas (La seducción de la barbarie, América profunda –Faja de Honor de la SADE 1962–, El pensamiento indígena americano –premio nacional de ensayo Juan Bautista Alberdi 1970-1971–, La negación del pensamiento popular, Geocultura del hombre americano y Esbozo de una antropología americana, publicado un año antes de morir; entre los más reconocidos) y dramáticas (Tango, Credo errante, La muerte del Chacho y La leyenda de Juan Moreira), Kusch tuvo una activa labor en la organización de simposios y seminarios de temática americanista en los que tomó contacto con estudiosos de todo el continente.

Además colaboró con La Nación, El Mundo, Sur, Contorno, Cuadernos de Filosofía (UBA), El Diario (Bolivia), Ideas (Perú) y América Indígena (Instituto Indigenista Interamericano de México), entre otros medios. A pesar de su prolífica obra y la potencia de su pensamiento, aún hoy permanece al margen de los estudios académicos tradicionales. Aunque cada día son más los interesados en recuperar su legado aún subvalorado (hay que destacar la tarea de la UNTREF). Un cortometraje de Juan Pablo Pérez y el excelente documental Hombre bebiendo luz de Jorge Falcone y sobre todo la muestra

La América Profunda de Rodolfo Kusch con importantísimos aportes de Florencia, hija del primer matrimonio del filósofo, ayudaron en parte a recuperar la vida y la obra de este visionario que intentó pensar la realidad desde América con un enfoque diferente a los postulados epistemológicos de la modernidad. Kusch intentó recuperar el pensamiento indígena original, sin dejar de lado su profundo conocimiento de la obra de Martin Heidegger, Claude Lévi-Strauss, Carl Jung o Mircea Eliade, entre otros, así como del mejicano Miguel León Portilla, el chileno Félix Schwartzmann y, más atrás en el tiempo, del cronista indígena Juan Santa Cruz Pachacuti yamqui Salcamayhua.

–¿Cuáles eran los temas que obsesionaban a Kusch para investigar?

–El pensamiento, cómo es la estructura del pensamiento. En sus primeros trabajos ya aparece la diferencia entre el ‘ser’ y el ‘estar’, un ‘ser’ occidental y un ‘estar’ americano. ¿Qué sería ese ‘ser’? Ya desde chiquitos nos enfrentan a las cosas, al mundo; y aprendemos que somos ‘sujetos’ frente a un mundo de ‘objetos’ (después en América Profunda habla de la ciudad como el ‘patio de los objetos’). Al ‘objeto’ lo vemos, lo analizamos, le ponemos un nombre, vemos qué utilidad puede tener, si sirve o no sirve. Cuando pasa el tiempo, llegamos a ver también como ‘objeto’ a la persona que tenemos enfrente, al originario, a los pueblos. ¿Y la Antropología no es un poco eso, donde el ‘objeto’ es un mundo de objetos pero seres humanos? ¿Dónde surge la Antropología? ¿No fue en Inglaterra? ¿Y para qué? Inglaterra era un imperio, y para dominar a otros pueblos necesitamos conocerlos. Kusch decía que como no podemos llegar a la totalidad de un ‘ser’, nos conformamos con ‘ser alguien’. ‘Estar’ es estar en conformidad con lo que nos rodea, ya no diferenciamos ‘sujeto’ de ‘objeto’, somos todos parte de algo, parte de una comunidad, de la naturaleza, parte de este mundo. No es una actitud de frío análisis sino de “soy parte de esto”. Y como parte tengo un compromiso. Diría que eso es fundamental en el pensamiento de Kusch.

–¿Cómo fue que llegaron a Salta?

–De 1971 a 1973, Kusch formó parte de la comisión de la SADE que dirigía Dardo Cúneo. A cargo de la parte cultural, organizó seminarios de frontera en Bahía Blanca, en Bariloche, en muchos lugares. En uno de esos encuentros, en Tucumán, conoció a Holver Martínez Borelli, que estaba a cargo de la Universidad de Salta y lo invitó a integrar la Facultad de Humanidades. Nos trasladamos en 1973. Él estaba en la Universidad a tiempo completo y organizó el servicio de Relaciones Latinoamericanas; incluso se hicieron muchos trabajos de investigación en equipo con los alumnos. La universidad pretendía ser un poco la universidad centro sudamericana y por eso se hacían viajes a Bolivia, al sur de Perú; le tocó también el norte de Chile, Paraguay. Se iniciaba ya ese contacto con universidades y centros de estudios de esos lugares; pero en 1976 se cortó absolutamente todo. Un poco era: “Cultura, ¿para qué? ¿Este señor va a Bolivia? ¿Qué va a encontrar en Bolivia?” Un poco esa era la actitud en ese momento de los militares que nos tocó enfrentar.

–¿Cómo se vivió el golpe en la universidad?

–(Suspira) Fue realmente eso, un golpe. El 11 de septiembre de 1973 ya estábamos en Salta. Ese día no hubo clases, los estudiantes estaban en movimiento. Hermanos chilenos, nosotros estamos con ustedes y los vamos a acompañar, decían. Pero no fueron a Chile a defender a Allende… Fue muy fuerte lo de Chile. Después nos tocó a nosotros y fue muy fuerte también. Se investigaba todo, todo, todo. Investigaban el Departamento de Relaciones Latinoamericanas, les preguntaban a los alumnos “este profesor, qué les enseña, para qué va a Bolivia, qué va a hacer en Bolivia…” Pensarían que todo era subversivo; y en cierto modo era subversivo, porque iba contra el orden que ellos pensaban imponer.

–¿Kusch fue cesanteado de la universidad en 1976?

–Poco después del 24 de marzo, en un decreto general, 23 o 24 profesores y ayudantes fueron echados. Se usaba una palabra que no era “subversivo” pero era algo así como “gente que no colabora con las nuevas autoridades” y se los echaba. Con ese antecedente, esa persona ya no podía entrar en ningún lado a trabajar. Cuando nos echan, vamos a Buenos Aires. Teníamos dos nenes chicos, dos varoncitos; el mayor iba a la escuela y el menor todavía iba al preescolar. Vivíamos en un departamento en Cangallo, hoy Perón, y todos los días escuchabas una bomba. Lo más terrible fue un día en que yo le digo al nene mayor, que tenía seis años entonces, andá a comprar algo a la vuelta, no tenía que cruzar la calle, y se demoraba, se demoraba, y de pronto todos los vidrios de la casa, todo tembló: habían puesto una bomba en la calle Paso y yo dije ‘por favor, así no se puede vivir’. Otra vez lo llevo al nene a la fiestita de un compañero y volviendo había que cruzar la calle Rivadavia; y me dicen, señora, no vaya por ahí…, estaban haciendo un operativo y desde la esquina veía cómo la Policía o el Ejército, no sé, tenía a la gente tirada en el suelo. Son imágenes terribles; porque nosotros no estábamos en ningún movimiento y eso pesaba mucho. Y además, sin trabajo. Todavía alguna vez hacíamos algún viaje al norte y parábamos siempre en un hotel acá en Maimará; y preguntamos si se vendía algo por acá. Sí, nos dijeron. Hicimos las cuentas y vimos que se podía comprar esta casa. Teníamos una Estanciera, de la época de los viajes a Salta. Vendimos el departamento de Buenos Aires, compramos esta casa y nos trasladamos en el ’76 mismo, después de unos meses terribles en Buenos Aires.

–¿Políticamente Kusch y usted con qué sector se sentían afines?

–Del peronismo. Sin estar afiliados, pero del peronismo. Teníamos la comprensión de que era un movimiento popular. En La negación del pensamiento popular hay un prólogo en donde Kusch habla del pueblo. También hay un librito del que yo encontré material en borrador en el que está bastante claro su pensamiento político: Cultura y Liberación. En este trabajo se acerca a lo que podría ser una forma política de ver las cosas, sin ser política en un sentido de partido, nada de eso, sino qué es el pensar, cómo lo contemplamos, y a partir de ahí está todo su pensamiento que le hace separar lo occidental de otra forma de ver y relacionarse con el mundo.

–¿Cómo conserva usted los papeles, las carpetas, el legado de Kusch?

–He tratado de mantenerlo. Todos los libros de Kusch están fichados, que es lo que le interesó a la UNTREF, la biblioteca de Kusch. También Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional, que se había conocido con Kusch, un día me pregunta por correo qué voy a hacer yo con la biblioteca de Kusch, como para ver la posibilidad de que esta biblioteca pasara a la Biblioteca Nacional. Yo pensé: la Biblioteca Nacional debe tener cualquier cantidad de material y dije que no. En esta zona me parece que es más necesaria. Por ahora, esta biblioteca está a disposición de quien quiera consultarla. Cada tanto viene alguien a consultar. José Tasat, de la UNTREF me ofrece en un momento dado que la universidad colabore aquí. Yo tendría que dar una participación de toda esta parte de la casa, vamos a ver…

–¿Qué siente usted con estos pedidos?

–Yo siento que mi vida no da para mucho tiempo. Mis hijos están uno viviendo en Chubut, en Esquel, y el otro está en Roma. Ellos están lejos, han organizado sus vidas de otra forma. ¿Qué va a pasar con todo esto si llego a desaparecer? Puede ser que pase a la universidad, pero tengo que ir haciéndome a la idea de que ya no voy a estar, que esto que manejábamos con Kusch los dos ya va a ser manejado por otra gente.

–¿Y usted qué desearía que ocurra con sus libros?

–Que estén en otras manos, pero bien. Me vendría muy bien estar con otra persona, compartir. Pero sé que soy un poco difícil (se ríe).

–Hace poco se celebró un aniversario de la partida de Rodolfo. ¿Usted fue a su tumba, cómo lo recordó?

–No, lo recordé acá, en este ámbito. La tumba está a la miseria. Con el tiempo no pude hacerme cargo de las reparaciones. Además hubo un episodio lamentable hace poco: un grupo de música tropical, Cumbia Locoto, fue a bailar en el cementerio y fueron a la tumba de Kusch. Cuando me enteré hice una presentación a la secretaría de Cultura. Como grupo pueden ser buenos, yo no tengo ningún problema; pero lo que me parece mal es esa profanación a un cementerio tradicional al que la gente cuando muere alguien lo acompaña con la música de los anateros. El Día de los Muertos es una fecha muy especial, la gente va al cementerio, toman incluso. Eso responde a formas tradicionales en que se recuerda a los muertos. Y hay que respetar. «

Fuente: http://lametrojujuy.com.ar/la-biblioteca-de-rodolfo-kusch-esta-a-disposicion-de-quien-quiera-consultarla/

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