El gran profeta indígena

ARCHIVOS | CARACAS (VENEZUELA) | 21 DE ENERO DE 2005

por Frank Bracho

La respuesta de Seattle a Stevens se ha convertido en la pieza de sabiduría indígena más renombrada en el mundo, y, para muchos, en una especie de “biblia” del movimiento ecológico mundial. El manifiesto de Seattle es un alegato de profundo amor y defensa de la Naturaleza, así como de advertencia a la nueva civilización conquistadora de lo que podía ocurrirle si desconocía lo anterior.

Fue un intento de Seattle para conjurar los peores males de una confrontación donde él sabía que la causa indígena llevaba las de perder; ante la ola arrolladora de los nuevos poderosos “amos” que se abalanzaban sobre su amado mundo.

En vez de optar por una resistencia guerrera automática o una mano resignada para recibir las confundidoras prebendas del conquistador, Seattle optó por un aleccionador discurso ético donde al tiempo que le pedía a Stevens tiempo para considerar con su gente la propuesta que él traía, impartió cátedra a éste y su gobierno sobre lo que significaba la “cultura de la tierra” para los indígenas y cuestionó los fundamentos de su pretensión adquisicionista. Cierta controversia histórica se ha suscitado sobre lo que Seattle exactamente dijo o no dijo.

Dicha controversia se ha visto alimentada tanto por razones legítimas como por sectores interesados en desprestigiar la causa indígena-ecológica. En cuanto a las primeras, las únicas que trataremos a los fines de esta trabajo, eran quizás natural de esperarse en tanto que Seattle no leyó o dejó ningún record escrito propio sino que habló en forma inspirada, como se estilaba en su cultura y como era propio de un poderoso orador natural como él.

Además, lo hizo e su propia lengua, la lushootseed, de la cual había que traducir al chinook, un patois mezcla de indígena, francés e inglés que servía como lengua franca comercial en la Región, para finalmente llegar a la traducción al inglés para los oídos del Comisionado Stevens. En tal tipo de cadena de traducción (entre cuyos facilitadores había estado, por cierto, curiosamente, un individuo con el mismo nombre del prócer de la independencia de EU de simpatías indigenistas una centuria atrás: Benjamín Franklin), seguramente mucho podría perderse del original. Luego estarían el paso del tiempo y las “libertades transcriptoras” de los sucesores de la trascripción del original, para añadir mas a lo antes expuesto.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, la evidencia histórica disponible, incluyendo la constatación con testimonios orales de descendientes de la propia tribu de Seattle, así como la comparación con otras tradiciones indígenas, han corroborado la autenticidad y coherencia básica de lo que ha llegado del discurso de Seattle hasta nuestros días.

Esto último incluye las tres versiones principales que se conocen hoy del mismo: la de Henry Smith, el contemporáneo de Seattle que fuera testigo presencial del discurso y que publicara 30 años después su trascripción del mismo; la versión a fines de los sesenta del investigador de la Universidad de Texas William Arrowsmith (apellido curiosamente relacionado con el de Smith), quien transformara el algo florido ingles victoriano de la trascripción de su antecesor a un inglés más llano y acorde con el estilo indígena, dando a conocer su texto públicamente durante la celebración del primer “Día de la Tierra” en 1970; y el guionista profesional Ted Perry, también docente de la mencionada universidad, quien adaptara y modificara el texto de Arrowsmith para un video de corte ecológico-educativo comisionado por la iglesia cristiana de los Bautistas del Sur en EU, a través de su productor John Stevens (curiosamente con el mismo apellido del Comisionado a quien hablara Seattle), versión esta última que catapultaría a Seattle a la celebridad nacional e internacional de la que hoy disfruta, en particular a partir de su publicación en la revista Pasajes de la aereolínea Noroeste -que curiosamente portaba el mismo nombre de la región de EU de donde era Seattle, y en un medio conectado simbólicamente con el destino de “pájaro de trueno” que signó a Seattle según explicaremos más adelante.

De todas las mencionadas tres versiones, más allá de su mayor o menor fidelidad a lo que Seattle inicialmente dijo, se desprende un mensaje común principal responsable del impacto universal que ha tenido el discurso. Mensaje que podría ser reseñado en los siguientes términos: “Si cada rincón de estas tierras es sagrado para nosotros y nuestros venerados antepasados, si no nos consideramos dueños del cielo, el agua y la tierra, cómo podríamos vendérselos o cómo pueden ustedes pretender ser dueños?”.

Un mensaje que señala que el ser humano es un custodio y no dueño de la Creación, y que por tanto tiene más el deber de cuidarla responsablemente que el derecho de poseerla egoístamente.

Pero, además de tan central y resonante mensaje, hay mucho más en el discurso de Seattle.

Está la forma en que él advierte los ciclos del auge y decadencia de la vida y las civilizaciones -incluyendo la de su propia gente que él admite ya estaba en cierta decadencia y en la antesala de una “larga noche” -en consonancia con lo sostenido por otras profecía indígenas- a ser precipitada por la ominosa aparición del conquistador blanco. Está el papel que la autoresponsablidad y los sucesos externos, ambos, juegan en dicha dinámica cíclica. Está su cátedra sobre la íntima conexión entre el ser humano y la Naturaleza.

Su reivindicación del cardinal principio chamánico de que “Todo es uno y todo está vivo”-incluyendo además del ser humano a los animales, plantas, suelos, agua, aire y hasta las propias rocas; y de allí el corolario de respetar toda la Creación y toda Vida. Su prédica sobre la preferencia de la no violencia sobre la violencia, a fin de asegurar en forma profunda y duradera la solución de los conflictos y la convivencia humana (aunque la violencia pudiera ser un recurso defensivo último inevitable).

Su interesante comparación entre la religiosidad cristiana y la indígena. Y sus severas advertencias sobre lo que le esperaba a la nueva civilización si desconocía la suprema ética y sabiduría de la Naturaleza que el se afanaba en transmitir (el desoimiento de tal tipo de advertencias ha costado caro ante la degeneración ambiental y humana que hoy abruman al mundo).

En lo más esencial de la misión personal que él se trazó, Seattle fue un tendedor de puentes entre un mundo que sucumbía y uno que afloraba, entre una probada sabiduría milenaria y una prepotente e incierta nueva sabiduría, entre una apuesta por una guerra suicida y una paz que garantizara la supervivencia, entre la desesperanza y la esperanza, entre la muerte y la trascendencia.

Y, como tendedor de puentes, corrió con todos los riesgos de ese difícil papel en tiempos de una confrontación tan abrupta y polarizada como la que significó el choque entre lo indígena y el asalto colonialista blanco; e incluso soportó el desconocimiento de los radicales de su propia gente y del lado de los colonizadores.

Pero la gran autoridad, fortaleza y sabiduría que Seattle tenía lo había preparado en forma extraordinaria para tal papel. Habiendo él mismo sido antes un gran guerrero conocía bien el gran costo y limitaciones de las soluciones en base a la violencia. Habiendo sido criado en el recio y sano estilo de vida indígena, y en un linaje de caciques que enfatizaba más el ejemplar cumplimiento de deberes que la invocación de privilegios, tenía una fortaleza física y una vocación de servicio formidables.

Y habiendo sido iniciado en las artes chamánicas más avanzadas, incluso bajo el signo de un “espíritu de poder personal” tan significativo como el del mítico”pájaro del trueno” (Thunderbird), Seattle llegó a ser poseedor de gran sabiduría, sabiduría de carácter profético y visionario. En relación a esto último, es de interés notar que el nombre de Seattle en su lengua natal se pronunciaba en verdad See-ahth, vale decir con la preponderancia de un prefijo como “see” del cual se deriva en inglés la palabra “seer” que significa “visionario”.

Seattle en verdad, por lo que hizo y dijo en su vida, tuvo dotes de profeta visionario. Y se conectó con el cumplimiento de profecías indígenas de larga data que anuncian que estamos en tiempos de una gran purificación de la humanidad y el planeta, que traerá agonía y desaparición de mucho de lo conocido, pero también nueva esperanza y vida.

Cuando asumió su seguramente no fácil y controversial conversión al cristianismo no escogió otro nombre que el de Noé, el emblemático salvador bíblico de la humanidad -su más osado “tendido de puente” ?

Tanto esfuerzo persuasivo, conciliador o salvador de Seattle sin embargo no le fue correspondido en vida. Luego del tratado de advenimiento que terminara firmando finalmente con el Comisionado Stevens en 1855, el Tratado de Point Elliot, que suscribiera un año después de su discurso de 1854, tratado que intercambió “el cese de hostilidades” entre blancos e indígenas por un confinamiento territorial de éstos y una ocupación hegemónica de los colonizadores, ninguna de las obligaciones principales de los blancos fue cabalmente cumplida por éstos.

Los indígenas fueron cada vez más reducidos y maltratados por los colonizadores, lo que produjo la respuesta violenta de algunos grupos aborígenes -incluyendo algunos de los que habían firmado con Seattle el Tratado. Seattle y su gente más cercana se mantuvieron fieles a su palabra, insistiendo en su apuesta de una convivencia. Sin embargo es evidente que los anteriores contrariantes acontecimientos debe haber causado un gran descorazonamiento en Seattle, quien murió en 1866 a la edad de 86 años.

A pesar de tales fallidos resultados, el exterminio indígena fue menor en la región del Noroeste de Estados Unidos donde residía la cultura de Seattle que en el resto del país donde alcanzó característica de holocausto; y la tolerancia entre las dos civilizaciones fue relativamente mayor en dicha zona que en otras.

El respeto que muchos colonos blancos mantuvieron por aquel gallardo e idealista indio se mantuvo en la designación del nuevo asentamiento poblacional con el nombre de Seattle (a propuesta del colono masón Doc Maynard, subcomisionado para el dicho núcleo poblacional), asentamiento que hoy constituye una de las principales ciudades de Estados Unidos y semillero de sucesos tan impactantes como la revolución de la informática y el lanzamiento del “movimiento anti-globalización” (este último irónicamente quizás reencontrando simbólicamente al espíritu del líder indígena Seattle con el del viejo adversario colonial pues se podría decir que la actual globalización de corte imperialista se remonta a los tiempos de aquella repercusión de origen colonial internacional que le toco a Seattle enfrentar en sus tierras).

Y finalmente, y lo más importante de todo, a través de una larga travesía de variados transcriptores y propagadores, a veces en curiosas coincidencias que parecían el designio de algo superior -como hemos reseñado antes, la palabra de Seattle sobreviviría y se crecería en el tiempo. Para seguirle hablando en forma estremecedora a la conciencia de la nueva civilización dominante (incluso a través de la gestión de gente cristiana que tendría papel decisivo en la final propagación mundial de su discurso -como hemos reseñado antes, conciencia cristiana a la cual él dirigiera tan especial esfuerzo de penetración).

Para convertirse en la pieza de sabiduría indígena más renombrada a nivel internacional. Para convertirse en fuente de inspiración y catapulta del movimiento ecológico mundial, y en el fondo del movimiento de vuelta a lo espiritual; ambos vitales para la verdadera Salvación de la Humanidad y el planeta de la actual debacle general que Seattle avizorara cuando hiciera sus desoías advertencias. Todos los anteriores, no pocos logros para aquel gallardo e idealista líder indígena que hace 150 años atrás selló trascendente cita con la historia.

A pesar de su decepción en vida, Seattle, en su fuero interno, sabía que el obraba para la posteridad; que él sembraba para el futuro. En otra de sus formidables piezas de oratoria también había dicho: “En verdad no existe la muerte sino un cambio de mundos”. Con ello había rendido culto, en la mejor tradición indígena, a la trascendencia y la inmortalidad del espíritu, al inexorable devenir cíclico de la Vida, a la verdad y la luz eternas por sobre la falsedad y la oscuridad.

Hoy en día, cabe sentir gran satisfacción por los progresos alcanzados en traer reconocimiento y reparación al gran desafuero histórico de lo indígena. Resultado de una heroica larga lucha de los pueblos indígenas y sus aliados; y algo imperativo para traer justicia y paz al mundo. Pero también cabe advertir que, en nombre de “proyectos desarrollistas”, “proyectos políticos”, y “derechos indígenas” se puede pervertir, manipular o lesionar lo auténticamente indígena y vitalmente ecológico, desde afuera y desde adentro; por lo cual cabe ejercer la oportuna respectiva vigilancia, denuncia y corrección; en aras de los más altos intereses de la causa indígena, de la humanidad, del ambiente y el planeta.

Ser indígena en definitiva es más que un color de piel, raza o tipo de sangre; es un estado de conciencia de vivir en profunda y coherente comunión con la Madre Naturaleza y sus leyes. Desde ese punto de vista, en definitiva, todos hemos sido indígenas por nuestro origen conectado con la Madre Naturaleza; e indígenas todos hoy deberíamos ser como un asunto vital para la verdadera defensa y salvación de la Humanidad y el planeta.

 

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